Frente al silencio.

Frente al silencio.

domingo, 25 de junio de 2017

Manuel Vilas




Syracuse




La ciudad de Syracuse es nieve y temperaturas polares. Te puedes enamorar perdidamente del frío. El frío es real. En Syracuse hay veintitrés grados bajo cero a la una del mediodía. Por la noche baja a treinta y un grados bajo cero. Syracuse está situada en el estado de Nueva York.
    Hay una pastelería italiana en el centro donde me como una tarta de mantequilla y bizcocho y un café con jarabe de avellana.
He venido a Syracuse a leer poemas en dos universidades, centros culturales, librerías, congresos, etcétera. Cuanto más famoso eres, más te invitan, y ese es el trabajo de un poeta: leer poemas en público.
    Lou Reed estudió literatura inglesa en la Universidad de Syracuse en los años sesenta. Le dio clases el poeta Delmore Schwartz, un hombre oscuro, alcohólico impenitente, muy poco o nada leído en España. Pero en los años sesenta Delmore era un escritor importante, alabado por T. S. Eliot y Ezra Pound y toda esa peña. Delmore era un poeta reconocido y Lou Reed un mocoso, un joven airado. Se les vio mucho juntos, en las tabernas de Syracuse. Delmore siempre estaba en los bares de dowtown. Tenía fama de ser un excelente conversador. La gente quería hablar con él. Lou Reed fue fiel a la memoria de Delmore. Si ahora la gente conoce a Delmore Schwartz fue por haber sido profesor de escritura del fundador de la Velvet Underground.
    Los alumnos de la universidad preparan un homenaje al legendario músico para el mes de marzo. Lou Reed era atractivo. Para mí era guapísimo. En los setenta parecía un James Dean de alcantarilla. Al final de su vida, su cara se llenó de arrugas como cordilleras secas. De joven, era un peligro. Lo dicen sus biógrafos. Tenía esa belleza de los miopes, decorada con cuello cisne. No tuvo papada, ni engordó. En algo había que gastarse la pasta que le daba el rock: en cirugía y belleza geriátrica. Un animal erótico, alguien dijo eso de él en los setenta. Le hicieron un millón de fotos y en todas salía bien. Si hubiera sido gordo como Van Morrison, le habría ido peor.
    Pregunto por el expediente académico de Lou Reed, me gustaría saber qué notas sacaba, y si es que aprobaba algo, pero al ser la Universidad de Syracuse privada, esa información es confidencial y pertenece a la familia. ¿Qué familia?, me pregunto yo. Quería saber si Delmore le puso sobresaliente a Lou Reed, pero lo mismo le suspendió. Toda la vida se pasó Lou hablando de Delmore, con devoción y admiración y misterio y cariño y fervor, e imagínate que nos enteramos de que Delmore le suspendió.
    Hay más sombras venerables en Syracuse. Aquí vivió una larga temporada David Foster Wallace, el escritor del pañuelo blanco, así sale en las fotos; y en Syracuse escribió La broma infinita. Imagino que Foster Wallace pasearía con su pañuelo blanco en la cabeza por las calles de Syracuse. Foster Wallace llevaba un pañuelo blanco, modelo Mishima, en plan samurái americano, intentando que su cerebro no estallara en mil pedazos, y al final estalló. Ese pañuelo era una señal de que Foster Wallace se sentía inconmensurablemente solo. El pañuelo, que en principio tenía que hacer una labor de contención saludable, lo que hizo fue estrujar su cerebro hasta el estallido final.
    Quien también vivió en Syracuse fue la premio Nobel de literatura Toni Morrison. Una mujer angelical. Veo fotos de Toni enmarcadas en un bar: esa hermosura negra, grande, maciza, inesperada.
    Toni Morrison y Delmore Schawartz, o Lou Reed y Toni Morrison podían haber sido vecinos. Toni Morrison estuvo en Syracuse en el 64, o sea que pudo muy bien coincidir allí con Delmore y Lou Reed, y tomarse una copa juntos y charlar sobre Shakespeare.
    Y Toni Morrison pudo muy bien toparse por las calles con un bebé llamado Tom Cruise, porque Tom Cruise nació en Syracuse un día luminoso de julio del año 1962.
    Quienes siempre vivieron aquí fueron los indios onondaga. No sé cómo demonios debían pasar los inviernos, cómo aguantaba un indio nativo a treinta grados bajo cero. Bueno, es la fuerza de la vida, a la que servimos todos. La grandeza de este país es esa: la fuerza de la vida. Aquí nadie niega la vida, su poder.
    Una estudiante de español, afroamericana, me pregunta, en el coloquio que sigue a mi charla, por la generación del 27. Yo espero que cite a Federico García Lorca, pero no lo hace. Con vértigo en la dicción castellana, me nombra a Gerardo Diego. Y siento cómo Gerardo, dejando en la tumba su suave sudario, resucita en los labios de una estudiante de español a unos diez mil kilómetros de distancia en línea recta de donde yacen sus restos. Rezo interiormente, un <<Walk on the Wild Side>> por mi querido Gerardo. Le digo a la estudiante que Gerardo y yo éramos muy amigos y se lo digo de corazón, aunque sea mentira. Es un raro homenaje salido de la entraña que le tributo al autor de Ángeles de Compostela.
    En el college de Le Moyne conozco a Michael Streissguth, uno de los grandes biógrafos de Johnny Cash y profesor del Departamento de Comunicación. Hablamos de Cash frente a unos cafés humeantes. Me dice Michael que conoció a Cash en el 96 cuando se conocieron biógrafo y biografiado. Me hace gracia porque Johnny Cash medía un metro ochenta y seis centímetros.
    <<Sí me dice Streissguth, era muy alto>>.
    <<Tres centímetros más que Elvis, que medía un metro ochenta y tres, y se nota en las fotos donde salen juntos>>, contesto yo.
    Le pregunto que qué dijo Cash después de leer la biografía que le había dedicado. Cash dijo: <<All is true>>. Le cuento a Streissguth que las canciones de Cash gustan mucho en España. Quiero saber qué pasó en USA cuando murió Cash. Streissguth dide: <<Fue como cuando murió Elvis>>. Está bien que se paralicen los grandes países de la tierra cuando mueren los hombres que cantaban a las cosas.
    Vuelve a nevar sobre Syracuse. Son las ocho de la tarde de un mes de febrero y la nieve cae sobre las casas. Desafiando la nevada, Ana y yo salimos del hotel y vamos a T. J. Maxx, que es una cadena de tiendas donde venden ofertas maravillosas, allí puedes comprar de todo.
    Parecemos dos extraterrestres o dos astronautas o dos osos polares o dos fantasmas o dos arcángeles o dos elefantes antiguos andando por la nieve, no hay nadie en ninguna parte.
    El protagonista del urbanismo americano no es el hombre sino el coche. No existen las ciudades, sólo los aparcamientos de las afueras. No existen las personas, sino sus automóviles. Los coches se vuelven así como ángeles de la guarda. Por eso predomina el color blanco en los coches. De ahí también el éxito de los vehículos todo-terreno, que te garantizan imaginariamente la conquista del Oeste.
    Las ciudades están despanzurradas, son como sandías arrojadas contra la piedra con la fuerza de un titán.
    Por todas partes encuentras restos de sandía, como por todas partes encuentras restos de casas que parecen una ciudad.
    No son ciudades, son confabulaciones de casas conectadas por carreteras muertas. Son casas conjuradas, sediciosas, rebeldes. Son casas que van por libre. Las casas mandan, y no quieren formar una ciudad, quieren estar solas, les gusta la libertad de estar en medio de la nada.
    Que no haya ciudades sino sandías escalfadas te acaba agrietando por dentro, te enfurece, te lastima, te enoja, te llena de ira malvada, de ira contra ti mismo. La ira contra uno mismo suele explotar en la cara de los demás.
    Puede que la razón de que haya tantos asesinatos y crímenes y francotiradores y psicópatas con armas automáticas en Estados Unidos se deba no a que la posesión de armas sea legal, como creen muchos aquí, sino al urbanismo, a la aniquilación del concepto ciudad.
    De vez en cuando, vemos las luces de un coche.
    Entramos en T.J Maxx y miramos las ofertas.







Manuel Vilas. “América”. 2017, Círculo de Tiza.



jueves, 22 de junio de 2017

Pedro Andreu




22.



Al sur del motel estaba Burgo de Cuerva y al norte, a unos pocos kilómetros, Jabalí Nuevo. Al oeste se extendían los roquedales del cañón del río Iguana y al este el desierto pedregoso que, salpicado por unas pocas chumberas, pitas y arbustos resecados, se perdía hasta donde alcanzaba la vista.
      Alicia pensó que pocas cosas habían cambiado en aquel lugar desde su niñez. Las alambradas de metal que rodeaban el terreno estaban más oxidadas, como la barrera de entrada, donde aún colgaba el cartel de madera donde una vez había escrito “Cerrado por defunción”, aunque ahora costara leer las letras. El letrero de neón que anunciaba el motel hacía mucho que había sido arrancado por las tormentas de arena; era un amasijo de hierro junto a la carretera donde tomaban el sol las lagartijas. Faltaban algunas de las cubiertas de ruedas de camiones que delimitaban el camino hasta la posada. Las tablas de las paredes del motel estaban viejas y con la pintura levantada. Ahora había dos cruces junto al desguace en vez de una. La higuera estaba adornada con botellas de colores. Esas eran las únicas diferencias. Y el silencio. Alicia pensó que desde el aire, la posada parecería abandonada y mostraría un aspecto descuidado; tan solo las cuerdas donde tendían la ropa y las sábanas denotarían vida en aquel duro paraje en el que Lucas había vivido siempre.
      ―¿Qué hay al final de la carretera, mamá? preguntó entonces el niño, sacándola de su ensimismamiento.
      ―No lo sé, hijo. No lo sé.









Pedro Andreu. “El Secadero de iguanas”. 2016, Frida ediciones.



lunes, 19 de junio de 2017

Vicente Muñoz Álvarez (III)





MELANCOLÍA


Valladolid
Hotel Simancas
noche vacía

solo en la habitación
escuchando el eco monótono
de los coches en la autovía

las luces de la gasolinera
el runrún del ordenador
las sábanas frías

tras una jornada
de lluvia intensa
y melancolía

solamente
un consuelo

esta poesía





TRAVESÍA


no importa
el camino
la ruta
el esfuerzo

sólo la meta

llegar

sin desplomarse

al fondo
de ti







FRONTERAS


están primero
las metas

lo que te gustaría ser
cómo desearías estar parecer
dónde querrías llegar

y están después
las fronteras

lo que realmente eres
cómo estás pareces
dónde te encuentras

asumirlo lleva
toda la vida





INFANCIA


lo que te contaron
no era verdad
lo que soñaste tampoco
de lo que te prometieron
ni hablar

esas
son las piezas

derribar
para construir

destruir
para edificar






Vicente Muñoz Álvarez. “GAS” (antología poética personal 1999-2016). Ediciones Lupercalia, 2016.



sábado, 17 de junio de 2017

Vicente Muñoz Álvarez (II)




LA DESCARGA


El día de la descarga yo tendría unos seis años.

Me asomé a la ventana de aquel hotel junto a la playa
y agarré la farola que iluminaba la terraza.

Mis manos empezaron a temblar,
no podía soltarlas, veía desde la terraza
a mis padres en la arena pero no podía gritar,
la descarga me llenaba el cuerpo
y el mar brillaba a lo lejos
salpicado de extraños tonos sepias bajo el sol.

Hasta que de pronto mis manos se libraron solas del metal
y eché a correr escaleras abajo con aquel tembleque dentro
y un sabor acre en la boca,
buscando los brazos protectores de mi madre.

He estado a punto de morir luego otras veces,
pero no recuerdo algo tan terrible
como aquella descarga eléctrica en mis manos
y los tristes y ominosos tonos sepias sobre el mar,
lenguas de fuego, la sensación de estar asomado al precipicio,
inmóvil, llegando inexorablemente al fin de algo.






ESTACIÓN DEL FRÍO


Y es justamente así,
llenos de heridas,
como hemos llegado
a la noche de hoy
y como en este mismo instante
nos hallamos en el centro mismo
de la tempestad

a miles de kilómetros de casa

sin otro consuelo
que el de haber salvado
una vez más nuestro amor

mientras afuera nieva y nieva
y el viento proyecta
enloquecidas ráfagas
contra el cristal empañado

y esta luz navideña
y lánguida y fría
ilumina tenuamente
nuestros cuerpos vencidos.








POESÍA


el único refugio
la única salida

el único lugar
donde acudir

cuando en tu interior
todo está ardiendo.






DESPUES DE TANTOS AÑOS


Les vi después de tantos años
hablando de incesto y fin de raza
con ojos cansados de niños
que no quieren dormir

Leopoldo Michi y Juan Luis
Castrillo de las Piedras
y el presentimiento ya inequívoco
de la locura

que había en aquella casa
como un aura de ensueño
mientras ellos fumaban y bebían
conjurando sus fantasmas
y entonando obscenos
mantras de inquietud

y allí estaban los tres
que presagiaban la demencia
de un futuro que al llegar aún fue peor

y yo les miraba o admiraba
y comprendía de sus lágrimas
que jugar a ser maldito
es tan hermoso y arriesgado
porque nadie hay capaz
de confundir al tiempo
sin curtirse luego en el olvido


y réquiem por los santos.




Vicente Muñoz Álvarez. “GAS” (antología poética personal 1999-2016). Ediciones Lupercalia, 2016.


viernes, 16 de junio de 2017

Vicente Muñoz Álvarez (I)



UNO DE TANTOS


Vivir a costa de padres
que las pasan putas
para llegar a fin de mes.

Levantarte y decir:
muy bueno días.

Hacerte pajas
a escondidas,
comer sus huevos,
utilizar su biblioteca,
leer a Miller
o a Bukowski
o a Kerouac.

Ser un licenciado en paro.

Tener entre 25 y 30 años
y justificar tu edad
preparando oposiciones.

Escuchar música,
llevar el pelo largo,
sacar a pasear al perro,
follar de vez en cuando.

Ir a ver exposiciones,
deprimirse,
vencer la idea del suicidio,
llegar borracho a casa
y caer rendido en el sofá.

Pensar:
ya vendrán mejores tiempos.





CRAZY LOVE

Me llamó por teléfono a las tres y media
y me preguntó qué estaba haciendo.

Le dije que me disponía a comer
y estaba calentando algo de pollo en la cocina.

¿A estas horas?, preguntó.

Salí a tomar un vino
y acabo de llegar, contesté yo.

Entonces ella empezó a chillar
y a maldecir por el teléfono.

Dijo que aunque siempre estaba deprimido
nunca me encontraba en casa
y yo le pregunté si prefería verme
encerrado todo el día.

Pero no respondió a eso.

Cambió de conversación
y me preguntó con quién había salido.

Se lo dije (era una amiga común)
y eso empeoró aún más la situación.

Aumentó el volumen de su voz
y acusó a la chica
de interponerse en nuestra relación.

Después se echó a llorar.

Y finalmente gritó:

Algo pasa entre nosotros
no sé lo que es pero algo pasa
algo pasa entre nosotros.

Y colgó luego el teléfono.

Estuve unos segundos
escuchando la señal fría y monótona
del auricular en la distancia.

Pensé que casi todo era una mierda.

Tiré el pollo recalentado a la basura
y me senté en la mesa a beber vino.

Escribí después este poema.





TEDIO


Sentado en la habitación
mientras afuera se oyen ruidos.

La amarillenta luz del flexo
me ilumina la cabeza,
las manos y el ombligo,
pero no llega a mis pies.

Mis pies están ahí quietos,
en la oscuridad,
como setas pálidas
pudriéndose en la bruma.

Todo sigue igual
mientras afuera se oyen ruidos:
libros, incienso,
literatura impublicable,
sonido de tic tac.

Dicen que las flores
tienen sentimientos,
pero yo las veo
marchitarse en el jarrón.

Me asomo a la ventana:
cuatro niños golpean
la puerta de un local
y a lo lejos ladra un perro.

De regreso a mi cuarto pienso
que lo peor de crecer
es no poder contar más años
con los dedos.










DONDE EMPIEZA EL PROPIO CAMINO


Uno se cansa
de esperar
de auto inmolarse
de aguardar siempre
el mañana

y termina dejando
fluir el tiempo
mansamente
en su interior.

Ese es el lugar
donde se recupera
al fin la calma,
donde empieza
el propio camino.




Vicente Muñoz Álvarez. “GAS” (antología poética personal 1999-2016). Ediciones Lupercalia, 2016.





miércoles, 14 de junio de 2017

Beatriz Borgia




soy una mierda de poeta
y ni siquiera en esto soy original:

como mujer tengo mil defectos

cada vez soporto menos
a los impostores de medio pelo
me crujen las rodillas en las escaleras
necesito tomar vitaminas a diario
y he empezado a perder algún rizo
al tiempo que sumo algo de peso

y soy una mierda de amante

porque no sé jurar amor eterno
ni me sale quebrarme en quejíos
esperando la penúltima cita
y si no llegas a tiempo
acabo con las manos

que son las que mejor conocen
(al fin y al cabo)

pero esta mujer absurda

esta poeta con pies en la cabeza
sabrá conocerte en los silencios
y promete entregarse en la ternura
con un pacto entre guerreros
al final de arcoíris

sin grandes dramas

(y una vez más: hágase el amor)










Beatriz Borgia. 2017, de su muro de Facebook




sábado, 10 de junio de 2017

Erasmo de Rotterdam (II)




VENTAJAS DE LOS ESTULTOS SOBRE LOS SABIOS


[35]    Reconoce también Pitágoras muchas más virtudes en los estultos que en los sabios e ilustres. El famoso Grilo fue mucho más sabio que el <<astuto Odiseo>>, pues prefirió quedarse gruñendo en la pocilga a salir con él a correr miserables aventuras. No es Homero, padre de las fabulaciones, de otra opinión, pues dice de los hombres todos que son infelices y desgraciados mientras llama a Ulises, siempre ejemplo de sabiduría, <<digno de compasión>>, algo que nunca llamó ni a Paris ni a Ajax, ni a Aquiles. ¿Por qué hizo eso? Porque aquel vivo y engañador Ulises no hacía nada sin consultar con Palas y cuando se apartaba de la naturaleza se equivocaba.
      Por tanto, los que están más lejos de la felicidad con aquellos que cultivan el saber, doblemente estultos por ese motivo, pues, tras haber nacido seres humanos, se olvidan de su condición y pretenden emular a los dioses, y, siguiendo el ejemplo de los gigantes, hacen la guerra a la naturaleza sirviéndose de los artificios de la ciencia, y de ahí que tengo por menos desdichados en el mundo a los más cercanos a la estulticia y a la condición de los brutos, que a los que no quieren sobrepasar para nada su condición de hombres.
      Voy a demostrar lo que estoy diciendo y no precisamente con entimenas de los estoicos sino con un ejemplo de una claridad meridiana. Contestadme, por los dioses inmortales, ¿hay, acaso, seres más felices que aquellos a los que el vulgo llama locos, estultos, imbéciles y melones, apelativos, por cierto, que, a mi entender, son hermosísimos? Quizá a primera vista resulte eso un tanto desconcertante y absurdo, pero, sin embargo, es una verdad como un templo.
      De entrada, esta gente no siente el menor temor a la muerte, lo cual es, vive Dios, una gran ventaja. No sienten remordimientos de conciencia. No les dan miedo las almas en pena. No los asusta la amenaza de los males, ni tampoco los estimula la esperanza de los futuros bienes. En una palabra, no los consumen las mil y una preocupaciones que atormentan la vida. No se ruborizan, no respetan nada, nada ambicionan, nada envidian, no aman. Para colmo, porque se acercan tanto en sus actos a la absoluta ignorancia de los brutos, según los teólogos, no pecan.
      Hora es de que me expliques, sabio estultísimo, cuántas noches y días pasas torturado en tu espíritu por tus propios problemas; haz un recuento de las desgracias que te afligen y de esa manera te darás cuenta de los muchos sinsabores que mis amados necios se ahorran. Añade que siempre están alegres, cantando y riendo, y que allí donde van llevan consigo la alegría, la juerga, la diversión y las carcajadas. Tal parece haber sido el cometido que la bondad de los dioses les ha encomendado; es decir, alejar la tristeza de la vida de los hombres. Y adviértase, en fin, que así como los otros hombres inspiran a los demás afectos contrarios, los míos son recibidos por todos con general agrado, como si fuesen antiguos camaradas de todos, razón por la cual se los solicita, se les llena la panza, se los festeja, se los abraza, se los protege y se los ayuda si es necesario, y hasta se les permite decir y hacer lo que les apetezca. Y hasta tal punto nadie desea hacerles el menor daño que incluso las bestias y las fieras parecen dulcificar con ellos su fiereza, como si presintiesen, de alguna manera, que son inofensivos. Son verdaderos dioses sagrados, desde luego lo son para mí, y nadie considera injusto el honor que se les dispensa.








LOS POETAS, LOS RETÓRICOS Y LOS AUTORES DE LIBROS

[50]     No me deben tanto los poetas, porque, aunque por definición se encuentran en mi bando, son, como dicen por ahí, una raza independiente y sus afanes no tienen más objetivo que el de regar los oídos con frivolidades y cuentecillos sin sustancia. Pero es tanta la felicidad que siente por conocerse a sí mismos que están seguros de alcanzar la inmortalidad con sus admirables poemas y de conseguir un destino semejante al de los dioses. Por supuesto, también prometen semejante felicidad a los demás, son los que más devoción sientes por Filautía (amor propio) y por Colaquía (la adulación), y no hay nadie que se rinda a sí mismo culto tan delicado ni más perseverante.
      Y los retóricos, aunque algunos de ellos sea un prevaricador, pues trata de acercarse a los filósofos, la verdad es que están en esta misma grey por muchas razones, pero, sobre todo, por una muy principal. Y es que, de tantas tonterías como con gran devoción se han escrito, la más importante, en lo que se refiere al género cómico, es un tratado de retórica de no sé quién, dedicado a Herenio, en el que, curiosamente, se incluye la estulticia entre los géneros de chanzas. E incluso Quintiliano, que es máxima autoridad en la materia, escribió un capítulo acerca de la risa, mucho más extenso que la Iliada tanta importancia dan a la estulticia―, porque frecuentemente la risa destroza en un instante un razonamiento que ninguna argumentación había podido desbaratar antes. Así que no me vengáis diciendo que el arte de decir con gracia y de provocar la carcajada no pertenece por derecho propio a la estulticia.
      De la misma pasta son los que pretenden alcanzar fama imperecedera publicando libros. Todos ellos me deben mucho, especialmente aquellos que embadurnan el papel con majaderías en estado puro. Los eruditos que escriben para un élite ilustrada, que no rechazarían el examen de Persio y de Lelio, más que felices me parecen dignos de lástima, pues que se están atormentando siempre: añaden, modifican, suprimen, vuelven a escribir lo que habían tachado, repiten, rehacen, precisan, guardan el manuscrito <<los nueve años>>, y ni siquiera entonces están satisfechos del todo, porque la vacía recompensa de merecer las alabanzas de unos cuantos se compra a fuerza de vigilias, con grave mutilación del tiempo de sueño, regalo más dulce que cualquier otra cosa, y con graves fatigas y martirios. Añade a todo ello el deterioro de la salud, la ruina del cuerpo, el cansancio de la vista e incluso la ceguera, la pobreza, las rivalidades de la profesión, la ausencia de placeres, la vejez anticipada, la muerte prematura y otras previsiones por el estilo. Todas esas desgracias el sabio las cree compensadas si consigue la aquiescencia de cualquier mindundi como él. En cambio, el escritor que me guarda fidelidad, cuanto más extravagante más feliz, pues, sin necesidad de pasar las noches en vigilia, todo lo que la inspiración le sugiere y todo lo que, soñado, llega al punto de su pluma, todo eso lo plasma en seguida por escrito, con solo un pequeño gasto de papel, y sabe, además, que en el futuro aquel que mayores barbaridades haya escrito será el preferido de los demás, es decir, de los ignorantes y de los estultos. ¿Y qué le importa que lo desprecien tres o cuatro sabios, si llegan a leerlo? ¿Qué importancia tiene el criterio de esos sabios si hay una muchedumbre que lo considera?
      Son mucho más listos los que editan cosas ajenas como si fueran suyas: al tiempo que se apropian de buena parte del trabajo, de la gloria y hasta de las palabras de otros, y aunque no sean tan confiados que no piensen que poco antes o poco después se va a descubrir el fraude, ellos, durante cierto tiempo, se están lucrando con el interés del préstamo. Hay que ver lo satisfechos que van, y los huecos que se ponen cuando son alabados por la gente, cuando se los señala con el dedo en público y se los contempla con curiosidad y admiración, cuando las obras salen a la venta en librerías y cuando en las portadas de los libros aciertan a fijar unos títulos extraordinarios que parecen cosa de magia. Pero que, en el fondo, ¡dioses inmortales!, ¿qué son sino meras palabras? Ciertamente, si miras la extensión del mundo, advertirás qué pocos los conocen; menos, aún, podrán alabarlos, ya que también entre los imbéciles hay diversidad de pareceres. ¿Y qué, cuándo, no pocas veces, esos títulos imitan o han sido tomados de otros libros antiguos? A uno le place poner al suyo <<Telémaco>>, el otro, <<Estaleno>> o <<Laertes>>; aquel, <<Polícrates>> y el de más allá, <<Trasímaco>>, que ninguna referencia tiene con ellos, lo mismo que si le hubieran puesto <<Camaleón>> o <<Calabaza>>, o, tal vez, como suelen decir los filósofos, podían haber titulado el libro <<Alfa>> o <<Beta>>. Y es cosa graciosísima, también, ver cómo los estultos y los necios, por medio de cartas, de poesías y de ditirambos, se elogian unos a otros, los estultos a los estultos, los necios a los necios. Uno tiene a otro por superior en Alceo; el otro asegura que el uno es mucho más que Calímaco; este deja en mantillas a Marco Tulio, aquel es más entendido que Platón. Bueno, los hay hasta que buscan un antagonista, con cuya oposición medran en su fama. De esa manera <<el vulgo dubitativo se divide en opiniones encontradas>>, hasta que uno y otro paladín, dando por bien reñida la batalla, se retiran cada cual por su lado cantando victoria y adjudicándose los laureles del triunfo. Los sabios se ríen de estas cosas porque, en efecto, son tontísimas. ¿Lo niega alguien? Pero, mientras, gracias a mi favor, les hago tan feliz la existencia que no cambiarían sus éxitos por los de los   Escipiones.
      En cuanto a los sabios citados, que con tantas ganas se ríen de las locuras ajenas, tampoco ellos me deben poco, y ellos mismos tendrán que reconocerlo si no quieren ser lo más ingratos de todos.






Erasmo de Rotterdam. "Elogio de la locura". 2011 Biblioteca El Mundo.




jueves, 8 de junio de 2017

Erasmo de Rotterdam (I)




LA ESTULTICIA, SOBRE LA RAZÓN

[16]    Pero ya es tiempo de que, siguiendo a Homero y abandonando las regiones celestes, volvamos de nuevo a la tierra para demostraros que aquí, como allí, no hay nada alegre ni feliz sin mis favores. Y, en primer lugar, notad cuán solícitos cuidados ha puesto Natura, creadora y artífice del género humano, para que no falte atractivo a la estulticia. Y si, según los estoicos que la han definido, la sabiduría no es otra cosa sin el gobierno de la razón y, por el contrario, la estulticia es dejarse arrastrar por las pasiones, ¿cómo es que Jupiter puso más pasión que razón, si no es para que la vida no fuera del todo triste y sombría? Como comparar una semionza con un as. Por eso relegó a la razón a un pequeño rincón de la cabeza, mientras abandonó a las conmociones todo el resto del cuerpo. Y además, le puso al hombre dos tiranos violentísimos y enfrentados: la ira, que aparcó junto al corazón, fuente de vida, y la concupiscencia, que, más abajo, ocupa vastísimo imperio hasta el pubis.
      El poder que tiene la razón frente a estas dos fuerzas gemelas lo demuestra claramente la vida de la mayoría de los hombres, pues, aunque pueda desgañitarse clamando por la justicia hasta enronquecer, ellas, las dos fuerzas, mandan a hacer gárgaras a su soberano, protestan de manera tan estentórea que la pobre razón, fatigada, acaba por ceder y ofrece su mano.





LA ESTULTICIA Y LAS RELACIONES SOCIALES

[21]    En resumen, tengo que añadir que no hay sociedad ni relación de vida posibles sin mí, como no es viable sin mí una situación feliz y estable; ni el pueblo aguantaría al príncipe, ni el criado al señor, ni la doncella a su señora, ni el alumno al maestro, ni el amigo a su amigo, ni el marido a la mujer, ni el inquilino al casero, ni el vecino a su vecino, ni el que invita al invitado si unos y otros no fingieran, no se adularan, si, prudentemente, no hicieran la vista gorda, si no lo engrasasen todo con la miel de la estulticia.
      Ya sé que os puede parecer excesivo, visto así, pero vais a ver algo más sorprendente todavía.







ALABANZA DEL AMOR PROPIO


[22]    Pregunto: el que se odia a sí mismo, ¿puede amar a alguien? ¿Puede estar de acuerdo con alguien quien no lo está consigo mismo? ¿Puede ganarse el afecto de alguien quien para sí mismo es tedioso y molesto? No creo que nadie pueda decir que sí a esto, como no se trate de alguien más tonto que la Estulticia misma. Y digo más: si me excluís, no solo nadie podría soportar al otro, sino que cualquiera, por el asco que sentiría de sí mismo, se vería como un apestado y acabaría odiándose. Fijaos en la naturaleza, que, a veces, más que madre se nos antoja una madrastrona, cómo se ha complacido en atormentar a los hombres, especialmente a los poco despiertos, dotándolos de un deseo innato de despreciar lo suyo para admirar lo ajeno. Esa es la causa de que todas las buenas y felices disposiciones, todas las cosas agradables y todas las alegrías de la vida vicien y se echen a perder. ¿Para qué sirve la buena planta, don especial de los dioses de los dioses inmortales, si se contamina con el exceso de afectación? ¿Para qué la juventud, si lleva el germen de la corrupción en la senil tristeza? Y si no existiera esa Filautía o amor propio, que es mi legítima hermana que encuentro no solo en el arte sino en cualquier acción como motivo principal, sea lo que fuere, ¿qué cosa noble podrás realizar nunca para ti mismo o para los demás? Añado que está presente en mis actos siempre y en todas partes. ¿Hay cosa más tonta que darte gusto y admirarte a ti mismo?
      Y, sin embargo, ¿qué cosa más gentil, más graciosa, más digna de hacer si no estás contento contigo mismo?
      Quitad esas sal de la vida y el orador languidecerá en seguida en su intervención; el músico no conseguirá emocionar a nadie con sus interpretaciones; el cómico, aunque domine la escena, será repateado; será el poeta, al tiempo que sus musas, objeto de rechifla; desdeñados el pintor y su arte; el médico con todas sus medicinas, morirá de inanición. Finalmente, veréis a Tersites en vez de a Niceo, a Néstor por Faón, al cerdo en vez de a Minerva, al balbuciente por el locuaz, al grosero por el educado. Tan necesario es que cada cual se piropee a sí mismo y se busque su propia estimación, antes de buscar el aprecio de los demás.
      Por otra parte, puesto que la primera condición para la felicidad es que uno esté contento de ser lo que es, no cabe duda de que en ese empeño Filautía facilita mucho las cosas y acorta el camino, pues consigue que nadie se queje de la propia hermosura, ni del ingenio que le ha tocado, ni de la familia que tuvo, ni de su estado, ni de su comportamiento, ni de su patria, hasta el punto que el Irlandés no se cambiaría por el Italiano, ni el Tracio por el Ateniense, ni el Escita por el nacido en las Islas Afortunadas. ¡Prodigio de la naturaleza que, en medio de tanta variedad, introduce elementos de nivelación! Cuando niega alguno de sus favores, al desfavorecido le concede Filautía una pizca más de los suyos, aunque estoy pensando ahora que he dicho una tontería, pues la propia Filautía es el don por excelencia.
Por no decir, mientras tanto, que ninguna gran empresa es posible sin mi impulso, ningún tipo de artes si no soy yo precisamente el artífice.




LAS ARTES


[28]     Puestos a hablar de artes, ¿qué es sino el ansia de gloria lo que mueve a los mortales ingenios a cultivar semejantes disciplinas, consideradas como supremas, y a transmitir a la posteridad el fruto de sus trabajos? Tantas vigilias, tantos sudores como se han impuesto algunos hombres para conquistar un poco de gloria que es lo más vacío que uno puede adquirir no hacen sino demostrar que estamos ante unos insensatos. Y, por el contrario, a esa necesidad debéis una de las más valiosas y más dulces ventajas de la vida, que es la posibilidad de aprovecharse de la locura de los demás.





Erasmo de Rotterdam. "Elogio de la locura". 2011, Biblioteca El Mundo.




martes, 6 de junio de 2017

Itziar Mínguez Arnáiz




DIN A4


Que sea ésta
mi única frontera:

las paredes de un folio en blanco
a punto de llenarse






SER POETA


Unos cuantos libros publicados
algún premio
un puñado de lectores
muchos poemas inéditos
colaboraciones en revistas
participación en algún acto
o festival
hasta un par de prólogos para amigos poetas

y aún me lo siguen preguntando

que para cuándo una novela







MUERTE EN EL OLVIDO


Pero si tú me olvidas
quedaré muerto
sin que nadie lo sepa...”

escribió Ángel González
para que yo lo leyera
en ese preciso instante
cuando el tren
sólo quedábamos
el poema y yo
detenidos
en la última estación
sin darnos cuenta
de que se ponía en marcha
otra vez
y me llevaba
de vuelta
a un sitio del que nunca
he regresado









MANÍAS DE POETA


Hacer la cama
antes de ponerme a escribir
si es a bolígrafo
tinta verde
si es en el ordenador
Times New Roman
cuerpo 12
a doble espacio

y poco más

el resto
es un mito

esa cosa que tenemos
los poetas
de hacernos los interesantes
con todo
menos con la poesía






Itziar Mínguez Arnáiz. “QWERTY”. 2017, LA ISLA DE SILTOLÁ



lunes, 5 de junio de 2017

Paul Auster




      El primer encuentro con Stillman tuvo lugar en Riverside Park. Fue a primera hora de la tarde de un sábado de bicicletas, paseadores de perros, y niños. Stillman estaba sentado solo en un banco, mirando fijamente a nada en concreto, el pequeño cuaderno rojo en el regazo. Había luz por todas partes, una luz inmensa que parecía irradiar de cada cosa que el ojo percibía, y por encima, en las ramas de los árboles, continuaba soplando la brisa, que sacudía las hojas con un apasionado susurro, un subir y bajar tan constante como el oleaje.
      Quinn había planeado sus movimientos cuidadosamente. Fingiendo no haberse fijado en Stillman, se sentó en el banco a su lado, cruzó los brazos sobre el pecho y miró fijamente en la misma dirección que el viejo. Ninguno de los dos habló. Según sus cálculos posteriores, Quinn estimó que aquello se prolongó durante quince o veinte minutos, luego, sin previo aviso, volvió la cabeza hacia el viejo y le miró directamente, fijando con obstinación los ojos en el arrugado perfil. Quinn concentró toda su fuerza en los ojos, como si pudiera hacer un agujero en el cráneo de Stillman por quemadura. Esta mirada duró cinco minutos.
      Finalmente Stillman se volvió hacia él. Con una voz de tenor sorprendentemente suave, dijo:
      —Lo siento, pero no me será posible hablar con usted.
      —Yo no he dicho nada —dijo Quinn.
      —Es verdad —contestó Stillman—. Pero debe usted comprender que no tengo costumbre de hablar con desconocidos.
     —Repito —dijo Quinn— que no he dicho nada.
     —Sí, ya le he oído la primera vez. Pero ¿no le interesa saber por qué?
     —Me temo que no.
     —Bien expresado. Veo que es usted un hombre con sentido común.
     Quinn se encogió de hombros negándose a responder. Ahora todo su ser emanaba indiferencia.
     Stillman sonrió alegremente, se inclinó hacia Quinn y dijo en tono conspiratorio:
      —Creo que vamos a llevarnos bien.
      —Eso está por ver —dijo Quinn tras una larga pausa.
     Stillman se rió —un breve y estruendoso <<ja>>— y luego continuó:
      —No es que me desagraden los desconocidos per se. Es sólo que prefiero no hablar con alguien que no se ha presentado. Para empezar necesito tener un nombre.
     —Pero una vez que una persona da su nombre ya no es un desconocido.
     —Exactamente. Por eso no hablo nunca con desconocidos.
      Quinn estaba preparado para aquello y sabía cómo responder. No iba a dejarse coger. Puesto que técnicamente era Paul Auster, ése era el nombre que tenía que proteger. Cualquier otro, incluso el verdadero, sería una invención, una máscara que le ocultaría y le mantendría a salvo.   







Paul Auster. "Ciudad de cristal". 1997, Anagrama