Frente al silencio.

Frente al silencio.

lunes, 3 de octubre de 2016

Yasunari Kawabata



Fragmentos:


      Con la llave todavía en la mano, Eguchi encendió un cigarrillo. Dio una o dos chupadas y lo apagó; pero fumó otro hasta el final. No era tanto porque se estuviera ridiculizando a sí mismo por su ligera aprensión como por el hecho de sentir un vacío desagradable. Solía tomar un poco de whisky antes de acostarse. Tenía un sueño precario, con tendencia a las pesadillas. Una poetisa muerta de cáncer en su juventud había dicho en uno de sus poemas que para ella, en las noches de insomnio, <<la noche ofrece sapos, perros negros y cadáveres de ahogados>>. Era un verso que Eguchi no podía olvidar. Al recordarlo ahora se preguntó si la muchacha dormida no, narcotizada― de la habitación contigua podría ser como el cadáver de un ahogado; y vaciló un poco en acudir a su lado.

***





      Y ahora, al venir por segunda vez en quince días, Eguchi no sentía tanto la curiosidad de la primera visita como cierta reticencia e inquietud; pero la excitación era más fuerte. La impaciencia de la espera desde las nueve a las once había provocado una especie de embriaguez.
      La misma mujer le abrió el portal. La misma reproducción pendía en la alcoba. El té volvió a ser bueno. Estaba más nervioso que en la visita anterior, pero consiguió portarse como un cliente antiguo y experimentado.

***





      Junto a su almohada había de nuevo dos píldoras blancas. Las cogió para contemplarlas. No tenían marcas ni letras que indicasen de qué droga se trataba. Eran sin duda una droga diferente a la que había tomado la muchacha. Pensó en pedir la misma droga en su próxima visita. No era probable que accedieran a su petición, pero, ¿cómo sería un sueño parecido al de la muerte? Le atraía mucho la idea de dormir un sueño semejante a la muerte junto a una muchacha drogada hasta parecer muerta.

***







El gris de la mañana invernal se convirtió por la tarde en una fría llovizna. Dentro del portal de la <<casa de las bellas durmientes>>, Eguchi advirtió que la llovizna era aguanieve. La mujer de siempre cerró la puerta con llave tras él. Vio puntos blancos bajo la luz enfocada a sus pies. Sólo había unos cuantos esparcidos aquí y allá. Eran suaves y se fundían al tocar las losas.
      ―Tenga cuidado ―dijo la mujer―. El suelo está mojado.
      Cubriéndole con un paraguas, trató de tomarle de la mano. El calor repelente de la mano madura pareció atravesarle el guante.
      ―No hace falta ―se desasió―. Todavía no soy tan viejo como para necesitar que me lleven de la mano.
      ―Son resbaladizas.
      Las hojas caídas del arce no habían sido barridas. Algunas estaban marchitas y descoloridas, pero brillaban bajo la lluvia.
      ―¿Acaso le llegan aquí medio paralizados?
¿Tiene que guiarles y sostenerles?
      ―No debe de hacer preguntas sobre los demás.
      ―Pero el invierno ha de ser peligroso para ellos. ¿Qué haría usted si uno sufriera un ataque cardíaco?
      ―Eso significaría el fin ―dijo ella con frialdad―.

***





      Ahora, a los sesenta y siete años, mientras yacía entre dos muchachas desnudas, sintió que surgía en el fondo de su ser una nueva verdad. ¿Era una blasfemia, era nostalgia? Abrió los ojos y pestañeó, como para alejar una pesadilla. Pero la droga producía su efecto. Tenía un sordo dolor de cabeza. Amodorrado, persiguió la imagen de su madre; y entonces suspiró y tomo dos pechos, uno de cada muchacha, en la palma de las manos. Uno suave y uno grasiento. Cerró los ojos.
      La madre de Eguchi había muerto una noche de invierno cuando él tenía diecisiete años. Eguchi y su padre le sostenían las manos. Hacía tiempo que padecía tuberculosis y sus brazos eran sólo piel y hueso, pero le así la mano con tal fuerza que a Eguchi le dolían los dedos. La frialdad de su mano le penetró hasta el hombro. La enfermera que estaba dando masaje a sus pies salió silenciosamente. Quizá se fuera para llamar al médico.

***







Yasunari Kawabata. “La casa de las bellas durmientes”. 2005, Círculo de Lectores.



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