Frente al silencio.

Frente al silencio.

sábado, 29 de octubre de 2016

Felipe Benítez Reyes (II)



Fragmentos:



      Pensé en lo que yo era y no me gustó lo que pensé, de modo que volví a pensarlo, pero tampoco hubo suerte: el agónico ahogado en su lago carnavalesco, en la mojiganga de su destino, etc. En aquel momento, hubiese dado lo que me quedaba de vida por ser durante un solo día un poeta célebre que tuviese una novia pelirroja, así lo fuera de tinte; por sentir en la mente la presión magnífica de un poema inmortal, por ver cómo mi mano iba escribiendo ese poema sobre un papel hasta entonces en blanco, por lanzarlo de inmediato a la humanidad como un mensaje imperecedero de melancolía y de plenitud y saber que el mundo sería un poco distinto a como lo era antes de escribir yo estos versos, y ya luego irme a follar a lo grande durante toda la noche con la falsa pelirroja, y a la mañana siguiente desaparecer, y que me hicieran una estatua, como a Castelar, así me cagasen encima los pájaros.

***




A falta de obligaciones, a eso del mediodía solía echarme a la calle para recorrer las tabernas del barrio y pegar la hebra con esos desconocidos habituales que se pasaban la vida sosteniendo la barra con el codo como si fuesen los vigilantes del fuego dionisíaco, los evangelistas del libro sagrado de los borrachitos, y que disimulaban la grandeza de su misión con chácharas sobre futbolistas, con maldiciones a los políticos y a las madres de los políticos y arreglando los problemas mundiales en un santiamén mediante la formulación de remedios elocuentes y tan expeditivos como el conjuro de un mago.
      Y así pasaron poco más de dos meses, que es algo que se dice en ocho palabras, pero que contiene sesenta y tantos días de ansiedades y zozobras y sesenta y tantas noches de torbellinos y ofuscaciones. Porque, cuando tu mundo se abre en dos mitades y ves el fondo de ese abismo un mar de lava al que tienes la tentación de arrojarte para que se acabe todo de una vez, tendemos a convertirnos en filósofos presocráticos de segunda o de tercera fila, mareando chaladuras y tinieblas, razonando menos con la mente que con el mismísimo culo, sin llegar a ninguna conclusión.

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      Aparte de todo eso, me di cuenta de que a las relaciones de pareja les conviene más basarse en la inmovilidad que en la evolución: si alguien se enamora de ti cuando eres un gusano, mantente en gusano; si alguien se enamora de ti cuando estás en fase de crisálida, no se te ocurra ni loco salir de la crisálida, ni por supuesto volver al gusano o ascender a polilla; si alguien se enamora de ti cuando eres una polilla, ya sabes: a pasarte la vida agitando las alas, aunque lo que te pida el cuerpo sea la temeridad de reconvertirte en gusano. La subsistencia del amor sólo es posible a través de la inmutabilidad, y como no sepas eso me temo que estás perdido. En el amor, los cambios aunque sean para mejor sólo traen catástrofes y jaleos. De modo que en gusano me mantuve, sin presumir ante Inma de ser nada más, aunque tejiese en secreto mi crisálida, mi espacio de opacidades.

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Felipe Benítez Reyes. “El azar y viceversa”. 2016, Ediciones Destino.




viernes, 28 de octubre de 2016

Felipe Benítez Reyes (I)




Fragmentos:



      Con el paso inerte de los años, he aprendido algunas cosas, como es natural, y he vivido otras muchas, aunque, según ha demostrado esa ciencia exacta que es la desilusión, el mucho aprender no siempre sirva para la vida ni el mucho vivir enseñe en el fondo nada, ya que todo es un comienzo: cada día nos inauguramos. Los indefinidos. Los reescritos. Un documento de tachaduras y con una escritura urgente, pues la historia de cualquier existencia tiene menos que ver con la caligrafía que con la taquigrafía, y no sé si me explico: esto es el vértigo. Una carrera a ciegas en un casa de cristal, rompiendo cosas. Esto va tan rápido, en fin, que a veces tienes la impresión de que no va a acabarse nunca.
      Para empezar, ¿qué sabe un adulto de su niñez? Pues me temo que poco más que un niño de su futuro. Con respecto al tiempo, estamos siempre entre dos fantasmagorías, y lo que nos sucedió ayer por la tarde no es menos neblinoso que lo que habrá de pasarnos mañana por la mañana. De todas formas, si no tiene usted inconveniente, le hablaré durante un rato, así por encima, de esa masa de niebla que he ido dejando atrás, a pesar de que comprendo que la niebla es un mal asunto de conversación.

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A mis trece años, mi madre me dijo que tendría que ponerme a trabajar. Me lo dijo con la voz llorosa, aunque los ojos no le lloraban. Yo fomentaba ideales de futuro, como es lógico suponer: un día me levantaba con el afán de convertirme en contramaestre, por aquella querencia marítima que mi padre me inculcó; otro día con la intención inamovible de ser un cirujano experimentalista, por el prestigio que infundían a la perversidad las películas protagonizadas por el doctor Frankenstein y por otros caballeros de ciencia escorados a la locura, y al día siguiente barajaba la utopía de montar algún negocio inaudito en quién sabe qué selva inexplorada para hacerme rico y vivir a mi aire.
      Creo lo creo hoy que la decisión de mi madre de apartarme de los estudios tuvo tanto de drástica como de dramática, de trampa dramática más bien, de propensión suya al patetismo, ya que tampoco pasábamos apuros irresolubles, y niños más pobres hubo que se titularon de bachiller. Sólo con haber vendido sus cosas de oro, el problema se hubiese resuelto, y conste que no refiero como reproche, sino desde la perplejidad.

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Miguel Beltrán, que empezó a estudiar la carrera de derecho y que acabó vendiendo hachís al detalle, heredó de su madrina una casa de vecinos en el barrio marinero. La casa, que era un laberinto de cuartos y patios, estaba ruinosa, invadida por las pulgas, las cucarachas y las ratas, pero él decidió fundar en ella una especie de comuna, proyecto suscrito con entusiasmo por Cupido López, que se limitó a objetar que el hecho de cobrar un alquiler a los comuneros era algo que no aprobaría Mijaíl Bakunin, a lo que Miguel Beltrán replicó que él no era Mijaíl Bakunin.
      Mientras se fraguaba aquella utopía, yo andaba en mi utopía particular de monje entre budista y sartreano, tomándole gusto a la autocompasión, aunque añorante también de todo aquello que apenas unas semanas antes había sustentado mi sistema de estímulos: los canutos, el folleteo y la parola errática con los clarividentes habituales del Hades.

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      El salón de la casa de Escapachini era una biblioteca por tres de sus cuatro flancos, del suelo al techo. Supongo que, a pesar de tener vista de topo, necesitaba la compañía callada de sus libros, que habían sido al fin y al cabo el manantial de su erudición, por defectuosa que esta fuese, que ero era algo para lo que yo no disponía de criterio. Las baldas rebosaban en desorden y había también volúmenes apilados en el suelo del salón y a lo largo del pasillo, como contrafuertes de sabiduría. El lomo de casi todos tenían colores otoñales, en diversos tonos de hojarasca, algunos de ellos enseñando las costuras y otros descascarillados y cuarteados por el uso, así como unos cuantos encuadernados en piel, que eran los aristócratas de aquel fárrago. Tonos de hojarasca, en fin, y olor a eso: a hojarasca levemente fermentada, en un proceso sutil de descomposición, supongo que debido a las humedades y a los vientos salinos, que vienen a ser veneno en rama para el papel. Me arrobé ante la visión de aquel amasijo de libros y me dije, con una voz interior de tono alegre, que algún día iba a tener yo una biblioteca como aquella, profusa y aromática, para dedicarme al estudio y a la meditación y no irme del mundo sin enterarme ni de la milésima parte de su misterio infinito, del que los libros dan cuenta en la medida en que saben y pueden, excepción hecha al parecer de los que firmaba el propio Escapachini, por esa cosa suya del fantaseo libre con la historia.

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Algo que me llamó mucho la atención fueron las batidas nocturnas que daban los estudiantes en busca de enseres que pudieran servirles para acondicionar sus pisos recién alquilados. Cádiz era una ciudad estadísticamente pobre, pero la gente tiraba a la basura muchas cosas: butacones y sofás, comedores y dormitorios, percheros y sillas, cómodas y consolas. De noche, parecía que una pleamar había dejado en las calles los pecios provenientes de un maremoto ocurrido en la otra punta del planeta, y algo tenía la ciudad a esas horas de instalación vanguardista: un taburete en la acera al lado de una lámpara, o una trompeta de plástico sobre una lavadora, y así. Las cuadrillas de estudiantes seleccionaban lo útil y lo cargaban hasta sus viviendas, en una procesión festiva de chamarileros ocasionales.
      Nosotros no teníamos necesidad de mobiliario, pero una noche recogimos una mesita de café que, según el Fiti, era de estilo fernandino y además de caoba, conclusión a la que llegó tras raspar con una llave un tramo de la capa de pintura verde que le recubría. <<Mi bisabuela paterna, que se pasaba la vida en las subastas, se empeñó en que aprendiera de niño los estilos decorativos>>, me aseguró, supongo que para yo no pensase que su buen ojo para adivinar la caoba debajo de una capa de pintura verde se debía a facultades paranormales. Al día siguiente, llevamos la mesita a un medio anticuario y medio ropavejero de la calle Rosario al que llamaban el Náutico, que nos dio por ella cuatrocientas pesetas, dinero que invertimos en el bingo del Casino Gaditano para perderlo en menos de lo que se cuenta, aunque con esa alegría que regala el bromear con los azares.


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Felipe Benítez Reyes. “El azar y viceversa”. 2016, Ediciones Destino.



miércoles, 26 de octubre de 2016

Abraham Gragera





TESTAMENTO (NOTAS A PIE DE PÁGINA)



      Unos meditan en cualquier cosa mientras el agua cede su silueta al lavabo. Y no son alfareros. Otros dirán, al descubrir residuos de su cuerpo en la mayólica: leopardo, impidiendo que se oiga el rugido del desagüe. Pero la ráfaga que emparentó las hojas viudas que bailaban lentas sobre el bronce escamoso del tejado, con las olas sin mar de unas palabras en griego antiguo, no estampó su firma. Y qué podrá su generosidad decirnos salvo no hay por qué o de nada.

      La muchacha del Hotel Juventud llenaba cubos, apilaba ropas, frotaba espejos como si borrara del piso de madera su saludo resinoso: un pétalo crujiente, el manso crepitar del bosque checo. Otros serían, en cambio, sus reparos al modo en que cada uno sueña con llevar algo a cabo sin formar parte de ello: objetos que no acusen, preguntas que llegué o no a formular:

      ¿Qué es el sexo? ¿Es también el azar en tu idioma primera obligación del día, una modalidad distinta de retirar las sábanas; tus pies que sobreviven a un pasillo resbaladizo para terminar en una habitación desordenada; analogías que legislan la aparente unidireccionalidad de la rosa?

      Las campanas tontean. Pacientemente esquila el sol el cielo. Ya en el papel, la dejo recogiendo aquella nota absurda como un himno de emotividad. Dejo también una casa caliente sobre el empedrado, las estatuas doradas de un palacio vecino, puentes sorprendidos en la espina dorsal de una caricia que no pueden barrer los abedules: algunas sugerencias para el último segundo.










Luis Antonio de Villena. “La lógica de Orfeo. (Antología)”. 2003, Visor.





domingo, 23 de octubre de 2016

Paul Auster



Fragmentos:



¡Quiero contarte tantas cosas! Comienzo por decir algo y, de repente, me doy cuenta de lo poco que comprendo. Me refiero a hechos concretos, información precisa sobre cómo vivimos en la ciudad. Ése iba a ser el trabajo de William; el periódico lo envió aquí para que investigara los hechos y escribiera un artículo por semana sobre los antecedentes históricos, cuestiones de interés general, cosas por el estilo. Pero no recibimos muchos, ¿verdad? Unos pocos informes breves y luego silencio. Si William no pudo lograrlo, no sé cómo espero hacerlo yo; no tengo idea de cómo la ciudad sigue funcionando e incluso si me pusiera a investigar sobre estas cuestiones, es probable que me llevara tanto tiempo, que la situación ya hubiera cambiado cuando descubriera algo. Dónde se cultiva la verdura, por ejemplo, y cómo la transportan a la ciudad. No puedo darte las respuestas y nunca conocí a nadie que las supiera. La gente habla de tierras lejanas hacia el oeste, pero eso no quiere decir que sea verdad; aquí la gente habla de cualquier cosa, sobre todo de aquellas de las que no sabe nada. Lo que realmente me asombra no es que todo se esté derrumbando, sino la gran cantidad de cosas que todavía siguen en pie. Se necesita un tiempo muy largo para que un mundo desaparezca, mucho más de lo que puedas imaginar. Continuamos viviendo nuestras vidas y cada uno de nosotros sigue siendo testigo de su propio y pequeño drama. Es cierto que ya no hay colegios, es cierto que la última película se exhibió hace más de cinco años, es cierto que el vino escasea tanto que sólo los ricos pueden permitirse el lujo de beberlo. Pero, ¿es eso a lo que llamamos vida? Dejemos que todo se derrumbe y, luego, veamos qué queda. Tal vez ésta sea la cuestión más interesante de todas: saber qué ocurriría si no quedara nada y si, aun así, sobreviviríamos.

***








      Aquel año la primavera llegó pronto y a mediados de marzo los azafranes florecían en el jardín del fondo, estigmas amarillos y flores purpúreas brotando de los canteros de hierba, el verde naciente mezclado con charcos de lodo que comenzaban a secarse. Incluso las noches eran templadas, y a veces Sam y yo dábamos un pequeño paseo por el jardín antes de irnos a dormir. Era hermoso estar allí fuera un rato, las ventanas de la Residencia oscuras detrás de nosotros y las estrellas reluciendo tímidamente sobre nuestras cabezas. Cada vez que tomábamos uno de aquellos breves paseos, yo sentía que me enamoraba de él otra vez, en medio de aquella oscuridad, cogida de su brazo, recordando cómo había sido todo al principio, en los días del invierno terrible, cuando vivíamos en la biblioteca y mirábamos cada noche a través de la enorme ventana en forma de abanico. Ya no mencionábamos el futuro, no hacíamos planes ni hablábamos de volver a casa. Ahora el presente nos ocupaba por completo, y con todo el trabajo que teníamos que hacer cada día, con todo el cansancio que le seguía, no había tiempo para pensar en nada más. Había un equilibrio fantasmal en esta vida, pero esto no lo hacía necesariamente mala, y por momentos casi me sentía feliz de vivirla, de seguir con las cosas tal cual estaban.







Paul Auster. “El país de las últimas cosas”. 1994, Anagrama.



jueves, 20 de octubre de 2016

Álvaro Guijarro





¡II!


¡Doble pedal de angustiosas semifusas!
A este tren lo habitan monstruos amables,
diablillos y tristes teleoperadores gnomos.
(Me marcharé, o “¡me mato!”, o desayuno...)

La chapa de la fábrica -Infierno del fastidio-
libera a sus obreros cuando toca el gong.
¡Quién fuera humilde pensamiento de rotonda
al que van a parar los relojes derretidos!

Y tú, compacta vocecilla de estúpido megáfono,
calla, sucumbe, ¡calla ya!, y ama un poco...
(¿Cómo es que aquí también desembocando?)
¡Oh enamorado, la quieres 100% más que a Esa!

Hoy decido, sin duda, dormir una guitarra
establecer la sincronía del acto a la potencia.
(Hay una babosa de nieve en este túnel: ¡mierda!)
Siempre besar el tierno premolar del astronauta.





VIII


Mientras los politicuchos discuten por el cima,
la admiración es el primer paso hacia el amor.
Igualmente, no ser especialista, es ahondar
adentro del vértigo natural de la intuición.

Rodeado de 6 camas hinchables y un ayuntamiento,
revelé al mundo el absurdo de la inteligencia.
Lograr trazar un arco que hundiera a los teatrillos
gracias a la sutil contemplación de un tiovivo.

No sé. Estoy en paz tras un paseo y un océano,
por mucho que en mí vibres como cada ola diferente.
Darnos placer hoy de madrugada sería la Justicia.
Aunque tú de abogada de casi nada, disculpa, risas.

¡Amor!: hambre poderosa como la garganta
de un grillo, voy a enloquecer entre esta hierba.
Cuatro de la mañana en un frondoso país muerto.
¡Carisma! ¡Revolución de este universo soso!









XVIII


Posmoderno es tirarse un pedo ante un piano
y ser reconocido como artista conceptual.
¿Por qué el uso, ¡uso! espacial y de procesos
antes que nuestro anatema íntimo o ese arrebol?

Sin insufrible densidad -ese acto delincuente
de aquellos que nunca hablarían de tortugas-,
mi amor y yo, gastronómicamente, resolvíamos
diversos facilones temas de manera natural.

Por ejemplo, sugiero su mueca en la penumbra
agitándose su cuerpo como el de una nadadora
después de acertar proclamando otra vanguardia.
(Su pelo, cobre, botaba como un concierto.)

Pero el caso es que se están cultivando pirañas
en piscinas, vamos comprendiendo el Desarreglo
y, muy transgénicos, vuestros culturetas hábitos
medianos se han topado con el aplauso del Mal.





44


Espero no empezar como Leopoldo Mª Panero.
Y digo esto porque acabo de solicitar la primera
Coca-Cola del Viaje: sostengo varios cigarros...
Me da temor -¡es broma!- su vaguería perpetua.

Como deslanando el hocico de aquella torreta,
mi par de estómagos -¡higado!- Salud florecen.
Si no me contratan ya para algo interesante,
me saco una FP, mochila, peine y a Honduras.

¡Maestro!: “facundo ofertorio de los cholos”,
me digo no traerte cuando tus vértebras granizan.
¿Ahora?: ¡Olvidar!, aunque resulte imposible...
No posible como un profeta allí, en un spa.

Se bajan ya los toldos: pinchitos de tortilla
de todos los poliedros, ¡incluso cacofónicos!
Estoy hablando con Jean Cocteau en la arena.
No citar, Crear. No citar aunque sean 2000 años.






Álvaro Guijarro. “ La postpunk amante de Tiresias”. 2013, Ediciones Canallas.



martes, 18 de octubre de 2016

Julio Cortázar




MANUSCRITO HALLADO EN UN BOLSILLO





      Ahora que lo escribo, para otros esto podría haber sido la ruleta o el hipódromo, pero no era dinero lo que buscaba, en algún momento había empezado a sentir, a decidir que un vidrio de ventanilla en el metro podía traerme la respuesta, el encuentro con una felicidad, precisamente aquí donde todo ocurre bajo el signo de la más implacable ruptura, dentro de un tiempo bajo tierra que un trayecto entre estaciones dibuja y limita así, inapelablemente abajo. Digo ruptura para comprender mejor (tendría que comprender tantas cosas desde que empecé a jugar el juego) esa esperanza de una convergencia que tal vez me fuera dada desde el reflejo en un vidrio de ventanilla. Rebasar la ruptura que la gente no parece advertir aunque vaya a saber lo que piensa esa gente agobiada que sube y baja de los vagones del metro, lo que busca además del transporte esa gente que sube antes o después para bajar después o antes, que sólo coincide en una zona de vagón donde todo está decidido por adelantado sin que nadie pueda saber si saldremos juntos, si yo bajaré primero o ese hombre flaco con un rollo de papeles, si la vieja de verde seguirá hasta el final, si esos niños bajarán ahora, está claro que bajarán porque recogen sus cuadernos y sus reglas, se acercan riendo y jugando a la puerta mientras allá en el ángulo hay una muchacha que se instala para durar, para quedarse todavía muchas estaciones en el asiento por fin libre, y esa otra muchacha es imprevisible, Ana era imprevisible, se mantenía muy derecha contra el respaldo en el asiento de la ventanilla, ya estaba ahí cuando subí en la estación Etienne Marcel y un negro abandonó el asiento de enfrente y a nadie pareció interesarle y yo pude resbalar con una vaga excusa entre las rodillas de los dos pasajeros sentados en los asientos exteriores y quedé frente a Ana y casi enseguida, porque había bajado al metro para jugar una vez más el juego, busqué el perfil de Margrit en el reflejo del vidrio de la ventanilla y pensé que era bonita, que me gustaba su pelo negro con una especie de ala breve que le peinaba en diagonal la frente.
      No es verdad que el nombre de Margrit o de Ana viniera después o que sea ahora una manera de diferenciarlas en la escritura, cosas así se daban decididas instantáneamente por el juego, quiero decir que de ninguna manera el reflejo en el vidrio de la ventanilla podía llamarse Ana, así como tampoco podía llamarse Margrit la muchacha sentada frente a mí sin mirarme, con los ojos perdidos en el hastío de ese interregno en el que todo el mundo parece consultar una zona de visión que no es la circundante, salvo los niños que miran fijo y de lleno en las cosas hasta el día en que les enseñan a situarse también en los intersticios, a mirar sin ver con esa ignorancia civil de toda apariencia vecina, de todo contacto sensible, cada uno instalado en su burbuja, alineado entre paréntesis, cuidando la vigencia del mínimo aire libre entre rodillas y codos ajenos, refugiándose en France-Soir o en libros de bolsillo aunque casi siempre como Ana, unos ojos situándose en el hueco entre lo verdaderamente mirable, en esa distancia neutra y estúpida que iba de mi cara a la del hombre concentrado en el Figaro. Pero entonces Margrit, si algo podía yo prever era que en algún momento Ana se volvería distraída hacia la ventanilla y entonces Margrit vería mi reflejo, el cruce de miradas en las imágenes de ese vidrio donde la oscuridad del túnel pone su azogue atenuado, su felpa morada y moviente que da a las caras una vida en otros planos, les quita esa horrible máscara de tiza de las luces municipales del vagón y sobre todo, oh sí, no hubieras podido negarlo, Margrit, las hace mirar de verdad esa otra cara del cristal porque durante el tiempo instantáneo de la doble mirada no hay censura, mi reflejo en el vidrio no era el hombre sentado frente a Ana y que Ana no debía mirar de lleno en un vagón de metro, y además la que estaba mirando mi reflejo ya no era Ana sino Margrit en el momento en que Ana había desviado rápidamente los ojos del hombre sentado frente a ella porque no estaba bien que lo mirara, al volverse hacia el cristal de la ventanilla había visto mi reflejo que esperaba ese instante para levemente sonreír sin insolencia ni esperanza cuando la mirada de Margrit cayera como un pájaro en su mirada. Debió durar un segundo, acaso algo más porque sentí que Margrit había advertido esa sonrisa que Ana reprobaba aunque no fuera más que por el gesto de bajar la cara, de examinar vagamente el cierre de su bolso de cuero rojo; y era casi justo seguir sonriendo aunque ya Margrit no me mirara porque de alguna manera el gesto de Ana acusaba mi sonrisa, la seguía sabiendo y ya no era necesario que ella o Margrit me miraran, concentradas aplicadamente en la nimia tarea de comprobar el cierre del bolso rojo.
      Como ya con Paula (con Ofelia) y con tantas otras que se habían concentrado en la tarea de verificar un cierre, un botón, el pliegue de una revista, una vez más fue el pozo donde la esperanza se enredaba con el temor en un calambre de arañas a muerte, donde el tiempo empezaba a latir como un segundo corazón en el pulso del juego; desde ese momento cada estación del metro era una trama diferente del futuro porque así lo había decidido el juego; la mirada de Margrit y mi sonrisa, el retroceso instantáneo de Ana a la contemplación del cierre de su bolso eran la apertura de una ceremonia que alguna vez había empezado a celebrar contra todo lo razonable, prefiriendo los peores desencuentros a las cadenas estúpidas de una causalidad cotidiana. Explicarlo no es difícil pero jugarlo tenía mucho de combate a ciegas, de temblorosa suspensión coloidal en la que todo derrotero alzaba un árbol de imprevisible recorrido. Un plano del metro de París define en su esqueleto mondrianesco, en sus ramas rojas, amarillas, azules y negras una vasta pero limitada superficie de subtendidos seudópodos: y ese árbol está vivo veinte horas de cada veinticuatro, una savia atormentada lo recorre con finalidades precisas, la que baja en Chatelet o sube en Vaugirard, la que en Odeón cambia para seguir a La Motte-Picquet, las doscientas, trescientas, vaya a saber cuántas posibilidades de combinación para que cada célula codificada y programada ingrese en un sector del árbol y aflore en otro, salga de las Galeries Lafayette para depositar un paquete de toallas o una lámpara en un tercer piso de la rue Gay-Lussac.
      Mi regla del juego era maniáticamente simple, era bella, estúpida y tiránica, si me gustaba una mujer, si me gustaba una mujer sentada frente a mí, si me gustaba una mujer sentada frente a mí junto a la ventanilla, si su reflejo en la ventanilla cruzaba la mirada con mi reflejo en la ventanilla, si mi sonrisa en el reflejo de la ventanilla turbaba o complacía o repelía al reflejo de la mujer en la ventanilla, si Margrit me veía sonreír y entonces Ana bajaba la cabeza y empezaba a examinar aplicadamente el cierre de su bolso rojo, entonces había juego, daba exactamente lo mismo que la sonrisa fuera acatada o respondida o ignorada, el primer tiempo de la ceremonia no iba más allá de eso, una sonrisa registrada por quien la había merecido. Entonces empezaba el combate en el pozo, las arañas en el estómago, la espera con su péndulo de estación en estación. Me acuerdo de cómo me acordé ese día: ahora eran Margrit y Ana, pero una semana atrás habían sido Paula y Ofelia, la chica rubia había bajado en una de las peores estaciones, Montparnasse-Bienvenue que abre su hidra maloliente a las máximas posibilidades de fracaso. Mi combinación era con la línea de la Porte de Vanves y casi enseguida, en el primer pasillo, comprendí que Paula (que Ofelia) tomaría el corredor que llevaba a la combinación con la Mairie d'Issy. Imposible hacer nada, sólo mirarla por última vez en el cruce de los pasillos, verla alejarse, descender una escalera. La regla del juego era ésa, una sonrisa en el cristal de la ventanilla y el derecho de seguir a una mujer y esperar desesperadamente que su combinación coincidiera con la decidida por mí antes de cada viaje; y entonces -siempre, hasta ahora- verla tomar otro pasillo y no poder seguirla, obligado a volver al mundo de arriba y entrar en un café y seguir viviendo hasta que poco a poco, horas o días o semanas, la sed de nuevo reclamando la posibilidad de que todo coincidiera alguna vez, mujer y cristal de ventanilla, sonrisa aceptada o repelida, combinación de trenes y entonces por fin sí, entonces el derecho de acercarme y decir la primera palabra, espesa de estancado tiempo, de inacabable merodeo en el fondo del pozo entre las arañas del calambre. 
      Ahora entrábamos en la estación Saint-Sulpice, alguien a mi lado se enderezaba y se iba, también Ana se quedaba sola frente a mí, había dejado de mirar el bolso y una o dos veces sus ojos me barrieron distraídamente antes de perderse en el anuncio del balneario termal que se repetía en los cuatro ángulos del vagón. Margrit no había vuelto a mirarme en la ventanilla pero eso probaba el contacto, su latido sigiloso; Ana era acaso tímida o simplemente le parecía absurdo aceptar el reflejo de esa cara que volvería a sonreír para Margrit; y además llegar a Saint-Sulpice era importante porque si todavía faltaban ocho estaciones hasta el fin del recorrido en la Porte d'Orléans, sólo tres tenían combinaciones con otras líneas, y sólo si Ana bajaba en una de esas tres me quedaría la posibilidad de coincidir; cuando el tren empezaba a frenar en Saint-Placide miré y miré a Margrit buscándole los ojos que Ana seguía apoyando blandamente en las cosas del vagón como admitiendo que Margrit no me miraría más, que era inútil esperar que volviera a mirar el reflejo que la esperaba para sonreírle.
      No bajó en Saint-Placide, lo supe antes de que el tren empezara a frenar, hay ese apresto del viajero, sobre todo de las mujeres que nerviosamente verifican paquetes, se ciñen el abrigo o miran de lado al levantarse, evitando rodillas en ese instante en que la pérdida de velocidad traba y atonta los cuerpos. Ana repasaba vagamente los anuncios de la estación, la cara de Margrit se fue borrando bajo las luces del andén y no pude saber si había vuelto a mirarme; tampoco mi reflejo hubiera sido visible en esa marea de neón y anuncios fotográficos, de cuerpos entrando y saliendo. Si Ana bajaba en Montparnasse-Bienvenue mis posibilidades era mínimas; cómo no acordarme de Paula (de Ofelia) allí donde una cuádruple combinación posible adelgazaba toda previsión; y sin embargo el día de Paula (de Ofelia) había estado absurdamente seguro de que coincidiríamos, hasta último momento había marchado a tres metros de esa mujer lenta y rubia, vestida como con hojas secas, y su bifurcación a la derecha me había envuelto la cara como un latigazo. Por eso ahora Margrit no, por eso el miedo, de nuevo podía ocurrir abominablemente en Montparnasse-Bienvenue; el recuerdo de Paula (de Ofelia), las arañas en el pozo contra la menuda confianza en que Ana (en que Margrit). Pero quién puede contra esa ingenuidad que nos va dejando vivir, casi inmediatamente me dije que tal vez Ana (que tal vez Margrit) no bajaría en Montparnasse-Bienvenue sino en una de las otras estaciones posibles, que acaso no bajaría en las intermedias donde no me estaba dado seguirla; que Ana (que Margrit) no bajaría en Montparnasse-Bienvenue (no bajó), que no bajaría en Vavin, y no bajó, que acaso bajaría en Raspail que era la primera de las dos últimas posibles; y cuando no bajó y supe que sólo quedaba una estación en la que podría seguirla contra las tres finales en que ya todo daba lo mismo, busqué de nuevo los ojos de Margrit en el vidrio de la ventanilla, la llamé desde un silencio y una inmovilidad que hubieran debido llegarle como un reclamo, como un oleaje, le sonreí con la sonrisa que Ana ya no podía ignorar, que Margrit tenía que admitir aunque no mirara mi reflejo azotado por las semiluces del túnel desembocando en Denfert-Rochereau. Tal vez el primer golpe de frenos había hecho temblar el bolso rojo en los muslos de Ana, tal vez sólo el hastío le movía la mano hasta el mechón negro cruzándole la frente; en esos tres, cuatro segundos en que el tren se inmovilizaba en el andén, las arañas clavaron sus uñas en la piel del pozo para una vez más vencerme desde adentro; cuando Ana se enderezó con una sola y limpia flexión de su cuerpo, cuando la vi de espaldas entre dos pasajeros, creo que busqué todavía absurdamente el rostro de Margrit en el vidrio enceguecido de luces y movimientos. Salí como sin saberlo, sombra pasiva de ese cuerpo que bajaba al andén, hasta despertar a lo que iba a venir, a la doble elección final cumpliéndose irrevocable.
      Pienso que está claro, Ana (Margrit) tomaría un camino cotidiano o circunstancial, mientras antes de subir a ese tren yo había decidido que si alguien entraba en el juego y bajaba en Denfert-Rochereau, mi combinación sería la línea Nation-Etoile, de la misma manera que si Ana (que si Margrit) hubiera bajado en Châtelet sólo hubiera podido seguirla en caso de que tomara la combinación Vincennes-Neuilly. En el último tiempo de la ceremonia el juego estaba perdido si Ana (si Margrit) tomaba la combinación de la Ligne de Sceaux o salía directamente a la calle; inmediatamente, ya mismo porque en esa estación no había los interminables pasillos de otras veces y las escaleras llevaban rápidamente a destino, a eso que en los medios de transporte también se llamaba destino. La estaba viendo moverse entre la gente, su bolso rojo como un péndulo de juguete, alzando la cabeza en busca de los carteles indicadores, vacilando un instante hasta orientarse hacia la izquierda; pero la izquierda era la salida que llevaba a la calle.
      No sé cómo decirlo, las arañas mordían demasiado, no fui deshonesto en el primer minuto, simplemente la seguí para después quizá aceptar, dejarla irse por cualquiera de sus rumbos allá arriba; a mitad de la escalera comprendí que no, que acaso la única manera de matarlas era negar por una vez la ley, el código. El calambre que me había crispado en ese segundo en que Ana (en que Margrit) empezaba a subir la escalera vedada, cedía de golpe a una lasitud soñolienta, a un gólem de lentos peldaños; me negué a pensar, bastaba saber que la seguía viendo, que el bolso rojo subía hacia la calle, que a cada paso el pelo negro le temblaba en los hombros. Ya era de noche y el aire estaba helado, con algunos copos de nieve entre ráfagas y llovizna; sé que Ana (que Margrit) no tuvo miedo cuando me puse a su lado y le dije: "No puede ser que nos separemos así, antes de habernos encontrado".
      En el café, más tarde, ya solamente Ana mientras el reflejo de Margrit cedía a una realidad de cinzano y de palabras, me dijo que no comprendía nada, que se llamaba Marie-Claude, que mi sonrisa en el reflejo le había hecho daño, que por un momento había pensado en levantarse y cambiar de asiento, que no me había visto seguirla y que en la calle no había tenido miedo, contradictoriamente, mirándome en los ojos, bebiendo su cinzano, sonriendo sin avergonzarse de sonreír, de haber aceptado casi enseguida mi acoso en plena calle. En ese momento de una felicidad como de oleaje boca arriba de abandono a un deslizarse lleno de álamos, no podía decirle lo que ella hubiera entendido como locura o manía y que lo era pero de otro modo, desde otras orillas de la vida; le hablé de su mechón de pelo, de su bolso rojo, de su manera de mirar el anuncio de las termas, de que no le había sonreído por donjuanismo ni aburrimiento sino para darle una flor que no tenía, el signo de que me gustaba, de que me hacía bien, de que viajar frente a ella, de que otro cigarrillo y otro cinzano. En ningún momento fuimos enfáticos, hablamos como desde un ya conocido y aceptado, mirándonos sin lastimarnos, yo creo que Marie-Claude me dejaba venir y estar en su presente como quizá Margrit hubiera respondido a mi sonrisa en el vidrio de no mediar tanto molde previo, tanto no tienes que contestar si te hablan en la calle o te ofrecen caramelos y quieren llevarte al cine, hasta que Marie-Claude, ya liberada de mi sonrisa a Margrit, Marie-Claude en la calle y el café había pensado que era una buena sonrisa, que el desconocido de ahí abajo no le había sonreído a Margrit para tantear otro terreno, y mi absurda manera de abordarla había sido la sola comprensible, la sola razón para decir que sí, que podíamos beber una copa y charlar en un café.
      No me acuerdo de lo que pude contarle de mí, tal vez todo salvo el juego pero entonces tan poco, en algún momento nos reímos, alguien hizo la primera broma, descubrimos que nos gustaban los mismos cigarrillos y Catherine Deneuve, me dejó acompañarla hasta el portal de su casa, me tendió la mano con llaneza y consintió en el mismo café a la misma hora del martes. Tomé un taxi para volver a mi barrio, por primera vez en mí mismo como en un increíble país extranjero, repitiéndome que sí, que Marie-Claude, que Denfert-Rochereau, apretando los párpados para guardar mejor su pelo negro, esa manera de ladear la cabeza antes de hablar, de sonreír. Fuimos puntuales y nos contamos películas, trabajo, verificamos diferencias ideológicas parciales, ella seguía aceptándome como si maravillosamente le bastara ese presente sin razones, sin interrogación; ni siquiera parecía darse cuenta de que cualquier imbécil la hubiese creído fácil o tonta; acatando incluso que yo no buscara compartir la misma banqueta en el café, que en el tramo de la rue Froidevaux no le pasara el brazo por el hombro en el primer gesto de una intimidad, que sabiéndola casi sola -una hermana menor, muchas veces ausente del departamento en el cuarto piso- no le pidiera subir. Si algo no podía sospechar eran las arañas, nos habíamos encontrado tres o cuatro veces sin que mordieran, inmóviles en el pozo y esperando hasta el día en que lo supe como si no lo hubiera estado sabiendo todo el tiempo, pero los martes, llegar al café, imaginar que Marie-Claude ya estaría allí o verla entrar con sus pasos ágiles, su morena recurrencia que había luchado inocentemente contra las arañas otra vez despiertas, contra la transgresión del juego que sólo ella había podido defender sin más que darme una breve, tibia mano, sin más que ese mechón de pelo que se paseaba por su frente. En algún momento debió darse cuenta, se quedó mirándome callada, esperando; imposible ya que no me delatara el esfuerzo para hacer durar la tregua, para no admitir que volvían poco a poco a pesar de Marie-Claude, contra Marie-Claude que no podía comprender, que se quedaba mirándome callada, esperando; beber y fumar y hablarle, defendiendo hasta lo último el dulce interregno sin arañas, saber de su vida sencilla y a horario y hermana estudiante y alergias, desear tanto ese mechón negro que le peinaba la frente, desearla como un término, como de veras la última estación del último metro de la vida, y entonces el pozo, la distancia de mi silla a esa banqueta en la que nos hubiéramos besado, en la que mi boca hubiera bebido el primer perfume de Marie-Claude antes de llevármela abrazada hasta su casa, subir esa escalera, desnudarnos por fin de tanta ropa y tanta espera.
      Entonces se lo dije, me acuerdo del paredón del cementerio y de que Marie-Claude se apoyó en él y me dejó hablar con la cara perdida en el musgo caliente de su abrigo, vaya a saber si mi voz le llegó con todas sus palabras, si fue posible que comprendiera; se lo dije todo, cada detalle del juego, las improbabilidades confirmadas desde tantas Paulas (desde tantas Ofelias) perdidas al término de un corredor, las arañas en cada final. Lloraba, la sentía temblar contra mí aunque siguiera abrigándome, sosteniéndome con todo su cuerpo apoyado en la pared de los muertos; no me preguntó nada, no quiso saber por qué ni desde cuándo, no se le ocurrió luchar contra una máquina montada por toda una vida a contrapelo de sí misma, de la ciudad y sus consignas, tan sólo ese llanto ahí como un animalito lastimado, resistiendo sin fuerza al triunfo del juego, a la danza exasperada de las arañas en el pozo.
      En el portal de su casa le dije que no todo estaba perdido, que de los dos dependía intentar un encuentro legítimo; ahora ella conocía las reglas del juego, quizá nos fueran favorables puesto que no haríamos otra cosa que buscarnos. Me dijo que podría pedir quince días de licencia, viajar llevando un libro para que el tiempo fuera menos húmedo y hostil en el mundo de abajo, pasar de una combinación a otra, esperarme leyendo, mirando los anuncios. No quisimos pensar en la improbabilidad, en que acaso nos encontraríamos en un tren pero que no bastaba, que esta vez no se podría faltar a lo preestablecido; le pedí que no pensara, que dejara correr el metro, que no llorara nunca en esas dos semanas mientras yo la buscaba; sin palabras quedó entendido que si el plazo se cerraba sin volver a vernos o sólo viéndonos hasta que dos pasillos diferentes nos apartaran, ya no tendría sentido retornar al café, al portal de su casa. Al pie de esa escalera de barrio que una luz naranja tendía dulcemente hacia lo alto, hacia la imagen de Marie-Claude en su departamento, entre sus muebles, desnuda y dormida, la besé en el pelo, le acaricié las manos; ella no buscó mi boca, se fue apartando y la vi de espaldas, subiendo otra de las tantas escaleras que se las llevaban sin que pudiera seguirlas; volví a pie a mi casa, sin arañas, vacío y lavado para la nueva espera; ahora no podían hacerme nada, el juego iba a recomenzar como tantas otras veces pero con solamente Marie-Claude, el lunes bajando a la estación Couronnes por la mañana, saliendo en Max Dormoy en plena noche, el martes entrando en Crimée, el miércoles en Philippe Auguste, la precisa regla del juego, quince estaciones en las que cuatro tenían combinaciones, y entonces en la primera de las cuatro sabiendo que me tocaría seguir a la línea Sèvres-Montreuil como en la segunda tendría que tomar la combinación Clichy-Porte Dauphine, cada itinerario elegido sin razón especial porque no podía haber ninguna razón, Marie-Claude habría subido quizá cerca de su casa, en Denfert-Rochereau o en Corvisart, estaría cambiando en Pasteur para seguir hacia Falguière, el árbol mondrianesco con todas sus ramas secas, el azar de las tentaciones rojas, azules, blancas, punteadas; el jueves, el viernes, el sábado. Desde cualquier andén ver entrar los trenes, los siete u ocho vagones, consintiéndome mirar mientras pasaban cada vez más lentos, correrme hasta el final y subir a un vagón sin Marie-Claude, bajar en la estación siguiente y esperar otro tren, seguir hasta la primera estación para buscar otra línea, ver llegar los vagones sin Marie-Claude, dejar pasar un tren o dos, subir en el tercero, seguir hasta la terminal, regresar a una estación desde donde podía pasar a otra línea, decidir que sólo tomaría el cuarto tren, abandonar la búsqueda y subir a comer, regresar casi enseguida con un cigarrillo amargo y sentarme en un banco hasta el segundo, hasta el quinto tren. El lunes, el martes, el miércoles, el jueves, sin arañas porque todavía esperaba, porque todavía espero en este banco de la estación Chemin Vert, con esta libreta en la que una mano escribe para inventarse un tiempo que no sea solamente esa interminable ráfaga que me lanza hacia el sábado en que acaso todo habrá concluido, en que volveré solo y las sentiré despertarse y morder, sus pinzas rabiosas exigiéndome el nuevo juego, otras Marie-Claudes, otras Paulas, la reiteración después de cada fracaso, el recomienzo canceroso. Pero es jueves, es la estación Chemin Vert, afuera cae la noche, todavía cabe imaginar cualquier cosa, incluso puede no parecer demasiado increíble que en el segundo tren, que en el cuarto vagón, que Marie-Claude en un asiento contra la ventanilla, que haya visto y se enderece con un grito que nadie salvo yo puede escuchar así en plena cara, en plena carrera para saltar al vagón repleto, empujando a pasajeros indignados, murmurando excusas que nadie espera ni acepta, quedándome de pie contra el doble asiento ocupado por piernas y paraguas y paquetes, por Marie-Claude con su abrigo gris contra la ventanilla, el mechón negro que el brusco arranque del tren agita apenas como sus manos tiemblan sobre los muslos en una llamada que no tiene nombre, que es solamente eso que ahora va a suceder. No hay necesidad de hablarse, nada se podría decir sobre ese muro impasible y desconfiado de caras y paraguas entre Marie-Claude y yo; quedan tres estaciones que combinan con otras líneas, Marie-Claude deberá elegir una de ellas, recorrer el andén, seguir uno de los pasillos o buscar la escalera de salida, ajena a mi elección que esta vez no transgrediré. El tren entra en la estación Bastille y Marie-Claude sigue ahí, la gente baja y sube, alguien deja libre el asiento a su lado pero no me acerco, no puedo sentarme ahí, no puedo temblar junto a ella como ella estará temblando. Ahora vienen Ledru-Rollin y Froidherbe-Chaligny, en esas estaciones sin combinación Marie-Claude sabe que no puedo seguirla y no se mueve, el juego tiene que jugarse en Reuilly-Diderot o en Daumesnil; mientras el tren entra en Reuilly-Diderot aparto los ojos, no quiero que sepa, no quiero que pueda comprender que no es allí. Cuando el tren arranca veo que no se ha movido, que nos queda una última esperanza, en Daumesnil hay tan sólo una combinación y la salida a la calle, rojo o negro, sí o no. Entonces nos miramos, Marie-Claude ha alzado la cara para mirarme de lleno, aferrado al barrote del asiento soy eso que ella mira, algo tan pálido como lo que estoy mirando, la cara sin sangre de Marie-Claude que aprieta el bolso rojo, que va a hacer el primer gesto para levantarse mientras el tren entra en la estación Daumesnil.







Julio Cortázar. "Todos los fuegos el fuego". 1999, Editorial Alfaguara.



sábado, 15 de octubre de 2016

Loida Ruiz Rodríguez/Magda Robles León



Reseña:



      ROBLES LEÓN, Magda. En piel del ángel caído. El Torno Gráfico ediciones. Granada. 2016.






      ¿Cómo no estremecerse ante cualquiera de los poemas de Magda Robles?

      Descubrí la obra de esta autora gracias a las redes sociales y blogs donde, generosamente, vierte su poesía. Más tarde me llegó en papel. Todo un placer leerla en este formato... Quienes conocemos algo de su obra sabemos de la facilidad con la que sus versos logran conmover, en el sentido más horaciano de la palabra.
      Con su último libro, En piel del ángel caído, la granadina continúa con una poesía evocadora, íntima y profundamente comunicativa. Una evolución sobre el camino iniciado en su primer poemario, En penumbras se hizo verbo, XVII Premio Nacional de Poesía "Miguel de Cervantes" de la ciudad de Armilla. Una confirmación ampliada y evolutiva a la voz propia de una poeta que, pese a su juventud, imprime en su obra una solidez y hondura emocional propias de una poesía con un amplio bagaje.
      Con el título se nos sitúa ante el mito del ángel caído: Lucifer. Ángel, de luz y de tinieblas, inspiración para poetas. El mito del ángel caído cobra importancia desde la Literatura romántica (de gran importancia para entender el quehacer lírico de la autora) ya que en él se identifica al poeta como tal, esto es, un ser que pese a estar marginado por una sociedad materialista y poco espiritual se muestra como el más capacitado para enfrentarse y dar salida y explicación a través de la palabra, el verbo, a los sentimientos más humanos pero menos racionales. Se pone así, la autora, en piel del ángel caído para hurgar en lo más profundo de su alma y en los recovecos más oscuros de la condición humana: “Me conjuras./ Y soy Sherezade/ hilvanando roces y letras/ en mil noches sin retorno” (SHEREZADE); “Ser caído y ser ángel/ en esta fugacidad de pieles/ y la eternidad de un instante/ en que desaparece el mundo” (ANGELS WITH DIRTY FACES).
      No parte en este último libro de la dicotomía Vida y Muerte, pero consigue llegar a estas y otras cuestiones a través del Amor. Porque EPAC presenta una poesía de fuerte carácter reflexivo y, pese a que se centra en el más intenso de los sentimientos humanos, el primigenio, poematiza también otras cuestiones universales. Amor, vida y muerte se funden finalmente porque “somos y existimos al amar” pero “todas las pasiones terminan en tragedia, todo lo que es limitado termina muriendo, toda poesía tiene algo de trágico”, en palabras de Novalis.
      En los versos de EPAC nos encontramos la interpretación de un amor idealizado, imposible y soñado; del amor perdido, que se recuerda con dolor, de la espera ardiente y llena de deseo; del amor pecaminoso y redentor a la vez... Es el Amor, en su acepción más extensa e intensa, el que se nos dibuja en los versos de este libro. El amor universal que atraviesa épocas, desde el pasado, en el presente y hacia el futuro. Y se viste esta visión vital con ropajes ya conocidos. Nos envuelve su poesía en ecos de un morir de amor provenzal, de un amor barroco y místico que se encuentra en el germen de la poesía romántica pero, sobre todo, con un amor que hunde sus raíces en el Romanticismo inglés y norteamericano más oscuro y en la literatura gótica (no podemos olvidar la formación académica de la autora). Así nos ofrece Magda Robles en cada página su visión del Amor y de la naturaleza misma del hombre. Suenan con fuerza en su poesía palabras de Poe, de Keats, de Shelley, a ellos se dirige. De ellos toma esta concepción del amor romántico y del poeta como figura maldita. Dice Magda Robles en su poema INCARNATIO, “Somos ángeles/caídos sin derrota./Reflejos oscuros y mortales/de un dios que teme/descubrirse en carne” y nos recuerdan sus palabras a las de Keats: "El poeta es un ser sin identidad, lo es todo y no es nada; no tiene carácter; disfruta la luz y la sombra (...) Un poeta es el ser menos poético que haya, porque no tiene identidad: está continuamente sustituyendo y rellenando algún otro cuerpo (...) El poeta carece de todos, es imposible identificarlo, y es, sin duda, el menos poético de todos los seres creados por Dios (...)”.
      A través de la palabra habla la poeta y conjura al sentimiento amoroso, se erige ante a él como sacerdotisa, se ofrece a recuperar la voz de poetas pasados y de poemas futuros y ofrece su semilla: su voz, “He necesitado/tan solo /trece mil latidos/y un instante /para nombrarte.(...)/Sea esta voz semilla tuya./Perpetua”. (DECLARACIÓN DE INTENCIONES)
      Verso a verso, a lo largo del libro, encontramos el fruto de esta ofrenda. Y la poesía es su forma de redimirse ante él, se impregna de Amor para precipitar necesariamente su concepción romántica de la vida en la escritura, porque para ella amor, vida y muerte se conjuran en una tríada indisoluble para nacer en la palabra “Quizá este hurgar no sea más/que otra forma de nacer de nuevo” (QUIZÁ).
      En esta visión del amor hay además una aceptación de la autodestrucción, de la tragedia, porque en él se deposita la esperanza en un renacer, en la armonía del Uno y el Todo y, por supuesto, el amor carnal se hace explícito en unos versos que tienen su lugar frecuentemente en el tálamo de los amantes “Recuerdo un tiempo/de árboles soñados./De inmolado aliento/entre sábanas hambrientas” (AMOR Y TIEMPO); “Ordena y desordena instantes/que aguardan tirados sobre la cama” (NUEVO DÍA). Es la presentación del sexo como milagro de la renovación, de la resurrección a través del contacto de los cuerpos “De renacer en ti/ y a través de ti/que restañas mi herida” (QUIZÁ).
      El Amor en su más pura virtualidad, en su más amplia totalidad. A él se entrega primero, para ofrecérnoslo, después, en este poemario, porque “alguien debió avisar/de que venimos al mundo/con una bomba/oculta en el pecho” que “disfrazada de ternura” nos provoca placer, dolor, nos condena y nos salva a la vez.
      Con una voz que encuentra su hábitat más natural en el anochecer, en el alba, entre arcanos y misterios que vaticinan deseos frente a la realidad que nos circunda; con una poesía repleta de símbolos y metáforas, donde lo onírico y lo real se funden “Me amaneces en las manos./ Eres el instante de luz/que eriza la piel/ y deja sentir cómo florecen/ jazmines en la carne” (LUZBEL)”; de choques y encuentros de figuras antitéticas y contradicciones imposibles, como contrario es el amor “Y la noche solo ilumina/una luz plagada de sombras.” (LINAR) ; con una disposición gráfica del verso que se adapta al contenido del mismo, con libertad, sin ataduras... la poesía de Magda Robles, insisto, nos conmueve y nos estremece.





      Con su último poemario, En piel del ángel caído, ha sabido recoger el tópico literario del amor romántico y gótico y actualizarlo, con una poética original, que lo acercan más a la realidad del lector de hoy. Ya sólo queda tenerlo entre las manos y disfrutarlo, a ser posible acompañado de buena música. Mientras lo releo suenan de fondo voces que me incitan a disfrutar el silencio Enjoy the silence... Y acompaño su lectura con la música de Depeche Mode, creo que le viene que ni “
                       m
                       u
                       s
                       i
                       c
                       a
                       l
                       i
                       z
                       a
                       d
                       o”... 




Loida Ruiz Rodríguez. Reseña de: "En piel del ángel caído" de Magda Robles León. El Torno Gráfico Ediciones, Granada 2016.



viernes, 14 de octubre de 2016

Wallace Stevens.




DE LA SUPERFICIE DE LAS COSAS

I

    EN mi estancia, el mundo está más allá de mi enten-
       dimiento.
Pero cuando paseo, advierto que consiste en tres o cua-
    tro colinas y una nube.




II

    Desde mi balcón contemplo el aire amarillo
y leo lo que en él hay escrito:
<<La primavera es una belleza desnuda.>>











Agustí Bartra. “Antología de la poesía norteamericana”. 1974, Plaza & Janes.




miércoles, 12 de octubre de 2016

Rafael Alberti (II)



Fragmentos:



      Una noche, de pronto, comprendí que mi libro Mar y tierra estaba terminado. No había más que añadir. La copia a máquina tres ejemplares era perfecta. Hasta parecía ya un libro impreso. Durante varias mañanas salí con él al campo. Allí, bajo los olivares o en un poyo del puente de las Golondrinas, me lo leía en alta voz, no hallando ya correcciones que hacerle. Lo medité antes mucho. (<<¡A lo mejor te dan el premio!>>) ¿Qué hacer con él? ¿Qué editor de Madrid iba a atreverse a publicarlo? La poesía no era negocio. Juan Ramón Jiménez en esa época se editaba sus propios libros. Apenas 500 ejemplares. ¿Por qué no seguir el consejo de Claudio de la Torre? Había que decidirse. Pasaba el tiempo y el plazo de admisión se cerraba. Una tarde, acabado el reposo del almuerzo, empaqueté dos copias, me fui al correo y con sellos de urgencia las envié a Madrid, a nombre de José María Chacón y Calvo. En cara aparte suplicaba al escritor cubano hiciese llegar una al Concurso Nacional de Literatura. A los pocos días tuve respuesta de mi amigo: había llegado tarde, pero unas mágicas pesetas a no sé qué empleado del ministerio sirvieron para arreglarlo todo.

***




      La casa de Juan Ramón era todo lo contrario de aquellas tan criticadas por él. Ayudado por Zenobia Camprubí, su admirable y paciente mujer, había conseguido tenerla con un gusto y una elegancia verdaderamente sencillos, naturales. Allí, en una habitación, para mí misteriosa, pues ni en mis visitas sucesivas logré entrar en ella, el poeta trabajaba de manera incansable, durante todo el día y parte de la noche, siendo imposible verle, rechazando, negándose más de alguna vez, hasta con su propia voz, a los visitantes. Desde la portería de la casa le telefoneaban el nombre. A veces era el propio interesado quien hablaba.
      ―Soy fulano de tal.
      Y desde arriba, el mismo Juan Ramón contestaba, tranquilo:
      ―De parte de Juan Ramón Jiménez, que no está en casa.
      Le desesperaba a este poeta, como a tantos, la interrupción inoportuna de su recogimiento, la ruptura de ese silencio imprescindible para el trabajo pleno y gustoso, cosas que suceden con demasiada frecuencia cuando se vive en la gran ciudad. En esas horas de profundo arrebato creador, le molestaban a Juan Ramón hasta las visitas de su mujer. Ésta me refirió que en más de una ocasión los atónitos ojos de sus amigas vieron atravesar por la puerta del fondo de la sala un biombo, extraña y moderna tentación de Jerónimo Bosch, como movido por arte del diablo. Detrás iba, llevándolo, el poeta, embozado en su barba, necesitado, por la razón que fuese, de pasar, sin ser visto, a cualquier oro punto de la casa.
      En aquella buscada soledad, en medio de Madrid, Juan Ramón producía, limaba, retocaba, barajaba a derecha e izquierda, la Obra, como él, así, con mayúsculas, la llamaba.

***






      Entretanto, y en medio de uno de los ensayos de mi obra, entré en contacto más directo con don Miguel de Unamuno, a quien ya había sido presentado una mañana en La Granja el Henar. Lo invité a nuestra casa del Paseo de Rosales balcón abierto a las encinas de El Pardo y frente a El Escorial contra el azul celeste de los montes guadarrameños, pero con la condición de que nos leyera algo, lo que más le gustase, sus últimas poesías...
      ―¡Hombre, no! Verá usted me atajó. Prefería leerles mi última obra de teatro, aún en borrador: El hermano Juan. Va a interesarles.
      ¡Tarde de maravilla en mi memoria! Sólo habíamos invitado a César Vallejo, el triste y hondo poeta <<cholo>> peruano, perseguido político, refugiado entonces en España. Más que el sentido de El hermano Juan, atendí a la hermosa figura de Unamuno, a la noble expresión de su rostro y al ardoroso ahínco puesto en la interminable lectura de su borrador, en el que a menudo andaban confundidas las páginas, faltando a veces éstas en número excesivo, sustituyéndolas entonces don Miguel por la palabra. No atendí, no, a aquella obra, que ni después he sabido siquiera si la publicó. No la recuerdo hoy, pues me golpeó más, como digo, el espectáculo que me daba aquel potente viejo, su magnífica lección de salud y energía, de fecundidad y entusiasmo. Cuando casi pasadas tres horas dio por terminado su drama, todavía tuvo gracia y arrestos para meterse infantilmente las manos en los bolsillos del chaleco en busca de aquellos menudos papelillos en los que llevaba garrapateados sus poemas, esos que de improviso le asaltaban en medio de la calle, anotándolos bajo un farol, en los sitios más inesperados. Así, aquella tarde, en nuestra casa, con el sol último de la serranía, nos descifró un arisco y hermoso poema dedicado al bisonte de la caverna de Altamira y una canción de cuna para su nieto recién nacido, delicia del balanceo musical, ave rara en su jardín de esparto y duros viento.

***




      Los viejos vientos se alejaban...Paso a paso, tenaz, invadiendo mis huellas, la Arboleda Perdida continuaba avanzado.

***





Rafael Alberti. “La arboleda perdida. Memorias. (libros I y II)”. 1988, Editorial Seix Barral.