Frente al silencio.

Frente al silencio.

lunes, 24 de abril de 2017

Jesús Arribas Navarro



      Miriam arrugó en sus manos el garabato ilegible que había dibujado.
      ―¿Qué llevas ahí, Miriam? ―dijo la maestra mirando por encima de sus gafas.
      ―Nada.
      ―El que nada no se ahoga. Venga, enseña a la clase qué llevas ahí.
      Miriam desplegó el dibujo a la vez que sus mejillas se iban sonrojando.
      ―¡Es un culo! ―dijo Pedrito el <<mellao>> desde el final de la clase.
      Todos empezaron a reír y a burlarse de ella, incluso Miguel. Que ignorante de él, no sabía que aquel culo era un corazón dibujado en su honor.




Jesús Arribas Navarro. "Relatos en cadena". 2008, Alfaguara



sábado, 22 de abril de 2017

Jesús María Cormán




GRANDES ÉXITOS



He logrado un completo éxito
fracasando.

Una vía muerta
sigue atravesando esta vida muerta,
a pesar del paso de los años.
Cada nuevo día la recorro
arriba y abajo,
y no desisto
hasta cobrarme un nuevo triunfo.

He tenido un éxito total
en la ardua empresa de no vivir.

Hoy puedo decir
que soy un hombre muy afortunado.










Jesús María Cormán. 2017, de su muro de Facebook.



lunes, 17 de abril de 2017

Manuel Vilas (IV)



MEMPHIS



Manuel Vilas llegó a la ciudad española de Santander
conduciendo su Audi 100, ventanillas bajadas, pelo
     alborotado,
alma venenosa, alma muy gastada, alma tóxica, como su coche,
tenía reservada una habitación en el Hotel Silken Coliseum.

Entró en la habitación, la 301, y sintió algo especial.

Inspeccionó la habitación. Todo estaba en orden.

Había muchas cosas en el cuarto de baño,
eso pone de buen humor siempre,
hasta los muertos se regocijan con los regalos:
Kit de afeitado, cepillo de dientes, aguja e hilo.
Había un calzador y una esponja abrillantadora para los
     zapatos.
Había un boli pequeño, de bolsillo, con el anagrama
de Hoteles Silken.

Puso una foto de su padre en la mesilla.
Puso una canción de Johnny Cash en el ordenador portátil.
Vilas hace esas dos cosas siempre en los hoteles.

Revisó los poemas que iba a leer esa tarde,
en Santander.

Se cansó de los poemas.
Son solo poemas,palabras.
No son personas, no son seres humanos,
no besan, no hacen el amor.
Me casé con las palabras, pensó.
Me casé con mujeres muertas.

Oh, desesperación, protégeme de las bestias
de la tristeza, conviérteme
en el gran mendigo del amor, dijo.

Se duchó. Estuvo un rato bajo el agua,
maldiciendo su soledad inacabable,
más grande que la soledad de Dios,
no oía a Johnny Cash desde la ducha,
y eso le pareció una tragedia.
Tenía que elegir entre la canción y el agua caliente.
Siempre había que elegir.

I went up to Memphis, oyó.

Con la toalla en la cintura, abrió el minibar,
consultó los precios, y volvió a cerrarlo
con un portazo fuerte, sonoro, absurdo,
goma de la puerta contra la goma de la nevera
en un choque anónimo,
innecesariamente cruel.

Bueno, se dijo, volvió a abrirlo,
y sacó una botellita de whisky.
Al rato otra más. Al rato comenzó con e vodka
porque el whisky se había acabado.

Pensó en su poema El alcohólico.

Miró la habitación: qué blancas las almohadas,
qué bonito el teléfono,
qué sensación de limpieza en el cuerpo.

Sonaron unos golpes secos y fuertes
en la puerta de la 301,
golpes fantasmales y a la vez esperados,
y Vilas abrió.

Era el mismísimo Johnny Cash, con camisa negra,
con botas y con levita y con el pelo alborotado.

Cash entró en la habitación, se sentó en la cama
y dijo <<Vilas, cariño, camarada, amar a los seres humanos
no es suficiente si quieres amarlos de verdad,
estás desesperado, y no te curarás nunca,
no hay cura para esto, hermano, siempre estarás así,
violento, insatisfecho, radiante, destruido,
hermano mío, mi hijo casi>>.

Vilas pensó que Johnny le había leído el pensamiento
porque Vilas ama a todos los seres humanos
que ha conocido en esta vida.
A todos los ama hasta la extenuación, hasta la cruz;
aunque solo haya hablado dos minutos con un hombre o una
    mujer,
Vilas lo ama.

Dios hace lo mismo.
Dios y su mismísimo hijo el Gran Jesucristo hacen lo mismo.

Más allá del beso, más allá de la fornicación.
Más allá del erotismo radiante.
Más allá de la posesión y del placer inimaginable.
Más allá de la amistad.
Más allá del matrimonio.
Más allá de la admiración, la lealtad y la fraternidad.
Más allá de todas las falacias del amor,
los fuertes comemos seres humanos,
dijo Johnny.

Vilas estaba solo en mitad de la habitación.

Debería pegarme un tiro ahora mismo,
dijo Vilas, mientras miraba la foto de su padre
encima de la mesilla, con su portátil marco de plata,
y Cash cantaba desde el ordenador
I went up to Memphis.






LOS NADADORES NOCTURNOS
Voy a nadar al gimnasio, sí, prácticamente todos los días. Bajo el agua parece que el fracaso no existe. Miro a los otros nadadores de las otras calles de la gran piscina. Nos miramos vagamente; las gafas de bucear impiden ver el color de los ojos, ver los rostros torturados. Nadamos y nadamos como fantasmas hasta las once de la noche, cuando cierra el gimnasio. Es obvio que no tenemos dónde ir. Luego nos vemos en las duchas, desnudos. Somos cinco o seis. El encargado nos conoce. Somos siempre los mismos, a veces falla alguno. No nos hablamos. Si falla alguno, pensamos con alegría que se ha atrevido, que al fin alguno de nosotros lo ha hecho, que se ha levantado la tapa de los sesos, hasta que al día siguiente reaparece. Nos hace ilusión pensar que ya quedamos menos. Sabemos perfectamente por qué nadamos por la noche. Hay un bar de copas al lado del gimnasio. Ninguno de los nadadores nocturnos quiere llegar a casa a las once y media. No hay gimnasio con piscina que abra hasta las seis de la madrugada. En el bar nos encontramos, no nos hablamos. Conocemos nuestros rostros, el color de nuestros bañadores, el modelo de gafas, buenas y caras gafas siempre, Adidas de competición rojas o azules, la fuerza en la brazada, el estilo del crol de cada uno de nosotros, los nadadores nocturnos. Bebemos en ese bar, regentado por chinos casi muertos, después de haber nadado hasta el agotamiento. Bebemos y nadamos, esa es nuestra vida, pero jamás, nunca jamás nos dirigimos la palabra, es un pacto, un raro pacto entre samuráis hundidos. Si alguno de nosotros necesita algo, solo le prestaremos el estilete más afilado de España. La muerte nos gusta, por eso nadamos y nadamos hasta que el gimnasio cierra y nos echan, con los brazos convertidos en acero, músculos tan atormentados, tan desesperados como los planetas sin nombre, dando tumbos en la estúpida oscuridad del universo. Siempre estamos esperando que alguno no venga nunca más, pero resistimos como hijos de perra, todo un misterio de los nadadores nocturnos.





THINK IT OVER


Piénsalo, a nuestra edad ya no saldría bien.
Cada uno viviendo en su casa es mucho mejor, habrá más
    deseo.
Para qué quieres hacerme el desayuno, eso da igual.
Yo creo que eso no ha funcionado nunca, pero la gente
cumple años, y se dejan llevar, porque enseguida
te mueres, y si cumples los sesenta, qué más da.

Cenamos los viernes.
Nos llamamos entre semana, jugamos.
Nos mandamos fotos eróticas por el guasap.
Cómo me iba a ir con una de treinta
si son todas tontas, ambiciosas y sin talento.

Cómo te ibas a ir tú con uno de treinta
si son todos tontos, grandilocuentes y calvos.

Piénsalo, piénsatelo mientras te vistes.







974310439


Quien me trajo al mundo se ha ido hoy del mundo.
Ella, que me llamaba a todas horas, para saber de mí.

Lo mal que la traté y lo mal que nos tratamos,
aun queriéndonos tanto; y lo poco que supiste de mi vida
en los últimos tiempos, ocultándote lo mal que me iba
en mi matrimonio y en todas partes
y tú sabiéndolo, porque, al fin, todo lo sabías,
me veías beber esos licores fuertes,
me veías esa sed tan rara, esa sed tan desconocida para ti,
que tanto te asustaba y tanto temías.

Ya nadie me llamará, tan obsesivamente, para saber
si estoy vivo y a quién le importará si estoy vivo o muerto;
yo te lo diré: a nadie.

De modo que el gran secreto era éste:
ya estoy completamente desamparado,
arrodillado
para la decapitación,
para el anhelado adiós de este cuerpo,
de esta existencia meramente social y vecinal que lleva mi
     nombre,
nuestro nombre.

No volveré a ver nunca
tu número de teléfono en la pantalla
de mi teléfono móvil; tú, que te quejabas de que no tenías
     uno,
de que yo no te regalara uno,
te juro que no hubieras sabido hacerlo funcionar,
lo habrías tirado por la ventana,
como yo haré con el mío esta noche del supremo delirio.

Porque eras un número de teléfono, cincuenta años
en ese número encerrados: nueve siete cuatro, treinta y uno,
cero, cuatro, tres, nueve.
Márcalo ahora,
márcalo si tienes valor y te contestarán
todos los misterios inconmensurables: el tiempo y la nada,
la ira roja
de los peores huracanes celestiales,
la árida y blanca nada convertida
en una mano negra.

Daba igual dónde estuviera: podía estar en América o en
    Oriente,
tú llamabas, tú llamabas a tu hijo siempre
porque yo era Dios para ti, un Dios fuera de la ley,
poderoso y sagrado, lo único real y suficiente,
siempre tu hijo fuera de todo orden, siempre reinando,
porque todo cuanto yo hacía e hice recibió tu larga
     aprobación,
cuya moralidad no es de este mundo.

Sabedlo.
Tú, que me amabas hasta la desesperación.
Tú, que derramaste sangre por mí y por mi discutible y
    oscura vida,
llena de liturgias cuyo sentido tú desconocías,
y hacías bien, pues nada había que conocer, como finalmente
he acabado sabiendo,
igualado en ese conocimiento
al más sabio de los hombres.

Y ahora, otra vez camino del Crematorio,
como ya escribí en un poema con ese título,
en el que hablaba de tu marido, mi padre,
a quien también quemamos,
unos mil grados alcanzan esos hornos.
Mi gran padre, del que tú te enamoraste —vete a saber por
     qué—
en mil novecientos cincuenta y nueve,
y a quién demonios le importa ya sino a mí,
el que siempre os quiso tanto y os querrá hasta el último
    minuto del mundo.

Te di un beso en la santa frente helada
un domingo
por la mañana
de un veinticuatro de mayo del año dos mil catorce,
lloviendo,
en una primavera inesperadamente fría,
mientras una máquina sofisticada introducía tu caja barata
—mira que somos pobres— en el fuego final,
al que mi hermano y yo
te condujimos.

Sentí tu frente antigua y acabada en mis labios
antiguos y acabados,
pero aún conscientes los míos;
los tuyos,
venturosamente, no.

Nunca pensé que el sentimiento final fuera este:
la envidia que me diste, la codicia de tu muerte,
codiciando tu muerte,
porque me dejabas aquí,
completamente solo
por primera vez
un nuestra larga historia de amor,
y solo para siempre.

Y recuerdo ahora a todas aquellas mujeres
que querían acostarse conmigo,
hacer el amor conmigo,
y eso acabó siendo mi vida,
cuando yo solo quería
estar contigo para siempre.

Vaya, mamá, no sabía que te quería tanto.
Tú sí que lo sabías, porque siempre lo supiste todo.

Qué bien que todo haya acabado,
en una culpable tarde de primavera
en donde comienza el mundo,
en donde para ti acaba el mundo,
en donde para mí ni acaba ni comienza
sino que persiste involuntariamente.

Qué bien este silencio omnipotente, aquí, en Barbastro,
donde fuimos madre e hijo, por los siglos de los siglos.

Aquí, en Barbastro, en ese sitio tan nuestro,
tan escuetamente nuestro: todo ocurrió aquí, en estas calles.

Todo lo recuerdo, y todo lo recordaré.

Te amo, finalmente.

Como no he amado a nadie: todas fueron tu réplica.

Ah, se me olvidaba: podías haber dejado algo
para pagar tu entierro,
no sabes lo mal que me va y lo pobre que soy,
mira que fuiste manirrota y derrochadora,
y lo que vale
el ataúd más económica,
como dicen ellos, los caballeros dulces de la funeraria.

Mira que fuimos pobres y desgraciados tú y yo,ma mère, en esta España de granes hijosdeputa enriquecidos
hasta la abominación.
Y aun así, pobres como ratas tú y yo,
mantuvimos el tipo,
como dos enamorados.

Qué bien. Qué hermoso. Cuánto te quiero
o te quise, ya no sé, y a quién le importa,
desde luego no a la Historia de España,
nuestro país, si es que sabías cómo se llamaba
la solemne nada histórica en que vivimos papá, tú y yo.





REDENCIÓN


Dime una palabra amable antes de que termine el día.

Me dijiste <<cariño, tienes que ser fuerte, no puedes
depender de esa gente, estás muy cansado,
olvídalos, ayúdame a recoger el lavavajillas>>,
y yo miraba la noche de octubre con sus estrellas
entrar en nuestra casa, iluminar nuestros cuerpos,
vaciar nuestras almas, y tú dijiste “cena algo,
hay un poco de arroz en el horno, cena algo, cariño,
come algo, y olvídate de todas esas ideas absurdas
sobre el odio y el fracaso, ese arroz está divino”.

Dime una palabra amable antes de que termine el día.




Manuel Vilas. "Poesía Completa (1980-2015)". 2106, Visor.




domingo, 16 de abril de 2017

Manuel Vilas (III)





NO FUMADOR



   Amo la salud, el orden claro de mis pulmones, la fuerza
militar de mi hígado, el huracán preciso de mi tráquea. Esos
órganos son Vilas. Vienen de mis padres y proceden también
de la humillación de la Historia.
   Amo mis pulmones, su sangre violentamente roja
recorriendo la lengua, la laringe, el esófago.
   Amo mis pulmones, mataré por ellos, por su supremacía,
por su rigor, por su perfectísimo funcionamiento, por su
continuidad en el tiempo, porque son mi herencia tras siglos
de pobreza, esclavitud y miseria.
   Sé quiénes eran mis padres y los padres de estos, aún se
oyen sus gritos. La salud es la única dote de los desesperados
y de los maltratados y de los perseguidos.
   La salud es revolucionaria.
   <<Te dimos un cuerpo sano, no pudimos darte más, no
teníamos nada, no teníamos nada, solo sangre>>.
   Amo mi cuerpo.
   La salud es revolucionaria.
   No quiero morir, quiero seguir amando. Me da igual el
qué, pero seguir amando, seguir amando las inocentes
estaciones de servicio de las autopistas españolas y sus
surtidores electrónicos, los barcos deportivos de la Costa del
Sol y los hospitales privados, el viento y la radiactividad, la
sangre y el sida, los planetas y las naves espaciales, los anillos
de diseño en los dedos de la mano de una mujer, las
transferencias bancarias internacionales a paraísos fiscales
inextricables, las ruedas misteriosas de los autobuses, las
bombillas de los pasillos de los pisos de protección oficial,
cualquier cosa me basta, cualquier cosa que me recuerde a
la vida será suficiente.
   Amo la salud, el arma de los pobres.






MI NOVIA


   Vilas, dicen por ahí que tuviste padre y madre, pero yo no
me lo creo. A ti, Vilas, te engendraron las ballenas, la selva,
los mandriles y el vientre de la luna.

   Vilas, dicen por ahí que fuiste al colegio y a la universidad
y que te hiciste un hombre de bien, que aprendiste a leer y a
escribir, a sumar y a multiplicar. Pero eso sí que es imposible,
solo hay que verte ahora, más pobre que los chinos y los
negros y las ratas. Además yo sí sé de dónde vienes tú, Vilas.

   Vilas, dicen por ahí que te casaste dos veces y tuviste solo
dos hijos, pero yo no me lo creo. Sabemos que te casaste
cientos de veces y que tuviste millones de hijos y de hijas.

   Vilas, dicen por ahí que te hiciste escritor, que escribías
libros, y eso tiene gracia, eso si es muy, pero que muy
gracioso.

   Vilas, dicen por ahí que eras español, bah, tío, yo no me
lo creo. Eso sí que no puede creérselo nadie. A ti, Vilas, te
echaron de todos los países serios, como echan a las
cucarachas de las casas, pero con honor, gigantesco honor, te
expulsaban con honores de estado.

   Tú eras hijo de las montañas de Huesca, eso sí es verdad.

   De los ibones, de los barrancos y de las praderas, del Valle
de Benasque, de Monte Perdido y Panticosa, de Ordesa y
Añisclo, sí, de allí sí eras tú, como lo fue tu padre, si es que
tuviste padre.

   Vilas, dicen por ahí que naciste en el siglo XX. Pero eso si
que es un decir bien tonto, pues los virus como tú
contribuyeron a la creación de los huesos y de la carne y
estaban aquí antes de que el sol hiciera brillar las heladas olas
del mar y las azules crestas de las montañas.

   Vilas, dicen por ahí que amas a hombres y mujeres, vivos
y muertos, a millones de mujeres y a unas docenas de
hombres buenos, y eso sí que yo me lo creo.

   Eso, tío, eso es verdad. Vilas, eso sí.

   Vilas, eres perfecto. El Ser, eso eres tú, y no la Nada, Gran 
Vilas.

   Un ciego plenario.
   El ciego que puso pleitos y demandas voraces a la exigua
luz del mundo.

   Dame un beso, hijodeputa.

   Esa lengua, Vilas, quiero sentirla.

   Soy yo, la tonta de tu novia, la única que te ha querido.








LAS PALIZAS


Los libros que escribí saquearon mi cuerpo.
Me dieron puñetazos en la cara.

Muchos eligieron el cerebro.

Alguno se llevó el hígado, todos robaron.

Agotado, envejecido, deteriorado,
poco saludable,
así me dejaron las palabras bajo mi nombre.

El aparato digestivo, el sueño, los mareos,
la tráquea, las arritmias, el asma,
los huesos torcidos, la neumonía.

Mis poemas, mis novelas saquearon mi cuerpo.

Cada libro escrito era una paliza.

Daban fuerte.

Me dieron palizas de muerte, tío,
esos libros míos, esos hijosdeputa
que finalmente no valieron la pena.

Mis libros no cambiaron el mundo,
solo me cambiaron a mí.

El glaucoma, la sed, el alcoholismo,
las lumbalgias, las taquicardias,
el pánico, la bulimia,
las palizas,
ellos saqueaban,
se lo llevaban todo.

Mis libros,
mis asesinos.

Pero me gusta que me peguen.
Las palizas del amor.

Ponte una tirita en la ceja,
aún te queda un pulmón sano,
respira, pues,
deja de beber,
y adelgaza.





ORACIÓN


Gran Vilas de los MacDonald´s
acuérdate de nosotros.

Gran Vilas de los lavabos de los bares y de las gasolineras
y de los aeropuertos y de los hoteles baratos,
ten piedad de nosotros.

Gran Vilas de la industria automovilística occidental,
perdona nuestros pecados.

Gran Vilas de los hipermercados florecientes,
escucha nuestros ávidos corazones.

Gran Vilas del Amor Internacional,
ámanos como solo tú puedes hacerlo.

Gran vilas de los niños,
protégelos con tus rayos solares.

Gran Vilas del amor al padre que murió,
te querremos siempre.

Gran Vilas de la santa oscuridad,
impide que nos hieran como a ti te hirieron.

Gran Vilas de los humillador y de los empobrecidos,
tu beso será suficiente.

Gran Vilas del amor a todos los seres humanos,
regálanos tu don.

Gran Vilas de las crucifixiones,
acuérdate de nosotros.

Gran Vilas de los MacDonald´s,
acuérdate de nosotros.







Manuel Vilas. "Poesía Completa (1980-2015)". 2106, Visor.




jueves, 13 de abril de 2017

Manuel Vilas (II)





DEDICATORIAS DE NOCHEVIEJA



  Dedico este último poema de nochevieja a los vagabundos
de todas las ciudades de la tierra, a los niños, a los viejos, a los
perros, a los locos, a los pájaros, a los tuertos, a los
tartamudos, a los torpes, a los tontos, a los que no saben ir en
bicicleta, a los que no hablan ninguna lengua, ni siquiera la
suya, como yo. Dedico este poema a Kafka, a Lenin y a
Jesucristo. Y a la ciudad de Trieste y a la ciudad de Tesalónica
porque la <<te>> es una letra mística. Dedico este poema a mi
perro, rey de reyes. Dedico este poema a los autobuses
números 20 y 23, en donde pasé buena parte del año. Dedico
este poema a los mares podridos, a los ríos podridos, a los
árboles podridos. Dedico este poema a los vinos del
Somontano y a la uva garnacha, negra y dura. Y a los negros,
a todos los negros, y a los chinos, y a Extremadura, y a Lou
Reed. Y a MacDonald´s por ser tan barato, y porque he sido
feliz allí. Y a la selección de colonias de caballero del Corte
Inglés, por tener tantas y dejarme probarlas todas. Y a los
relojes Longines, y al modelo Avigation, porque es el que
llevo ahora mismo en la muñeca y es muy hermoso. A la vida,
infinita y absurda. A la vida, finita y absurda. A la vida,
absurda y sensata. Dedico este poema a John Fitzgerald
Kennedy y a Walt Whitman y a Jorge Manrique. Dedico este
poema a todos los que soñaron ser escritores y se quedaron en
poema. Dedico este poema a Miguel de Cervantes, que se
murió sin saberse Cervantes. Y a Rocinante, que cabalgó con
la locura encima. Dedico este poema a las mujeres enlutadas,
hermosas, muertas.





ODA A MARTE



  Veo fotos de Marte en internet. Y me pongo a llorar.
Marte me recuerda a mi infancia, cuando miraba al cielo en
las noches estrelladas y sentía que la vida sólo era futuro.
Quizá Marte sea el futuro. Yo creo haber estado en Marte,
haber cogido alguna de esas piedras marcianas y haberla
arrojado contra el cielo. No me es desconocido Marte. Marte
me devuelve la fe en la vida, en mi vida. Es una prueba de que
existen la grandeza y el silencio. Grandes avenidas de Marte,
con sus rascacielos de frío. Marte muerto porque nadie lo
contempla, pero tan vivo en esa muerte. Porque los hombres
no contemplan simplemente, sino que devoran. Así que es
mejor, querido Marte, que hagas lo posible por alejarte unas
cuantas órbitas de nosotros, o te invadiremos. Y lo que hoy
es silencio y pesadilla del no-ser, a lo mejor se convierte en
New Marte, en ciudades con casinos, en autopistas, en
aeropuertos, en hoteles, en centros comerciales, en rascacielos,
en casas de pisos, en subterráneos heladores, en cementerios,
en pistas de tenis, en piscinas cubiertas, en campos de golf, en
basureros florecientes, en naves industriales, en fábricas, en
zoos, en cárceles. Oh, Marte, llévame contigo ahora que
todavía no hay nadie en ti, déjame pasear por tu cuerpo sin
caminos, déjame volver a la tierra antes del mundo, a la tierra
quinientos mil años antes de Cristo. Pisar Madrid entonces.
Pisar Nueva York entonces. Pisar París entonces. Pisar el
viento. Las cuevas. Las colinas. Las piedras. Marte, te quiero.
Cásate conmigo, yo también soy un ángel que vaga en este
cosmos enamorado. Marte, amado mío, lárgate de aquí.
Lárgate, tío, ahí tan cerca peligras.




MUJERES


  No las ves que están agotadas, que no se tienen en pie,
que son ellas las que sostienen cualquier ciudad, todas las
ciudades. Con el matrimonio, con la maternidad, con la
viudedad, con los golpes, ellas cargan con este mundo, con
este sábado por la noche donde ríen un poco frente a un vaso
de vino blanco y unas olivas. Cargan con maridos infumables,
con novios intratables, con padres en coma, con hijos
suspendidos. Fuman más que los hombres. Tienen cánceres
de pulmón, enferman, y tienen que estar guapas. Se ponen
cremas, son una tiranía las cremas. Perfumes y medias y
bragas finas y peinados y maquillajes y zapatos que torturan.
Pero envejecen. No dejan las mujeres tras de sí nada, hijos,
como mucho, hijos que no se acuerdan de sus madres. Nadie
se acuerda de las mujeres. La verdad es que no sabemos nada
de ellas. Las veo a veces en las calles, en las tiendas, sonriendo.
Esperan a sus hijos a la salida del colegio. Trabajan en todas
partes. Amas de casa encerradas en cocinas que dan a patios
de luces. Sonríen las mujeres, como si la vida fuese buena. En
muchos países las lapidan. En otros las violan. En el nuestro
las maltratan hasta morir. Trabajan fuera de casa, y trabajan
en casa, y trabajan en las pescaderías o en las fábricas o en las
panaderías o en los bares o en los bingos. No sabemos en qué
piensan cuando mueren a manos de los hombres.







AUTOPISTA DE SAN SEBASTIÁN


  Manuel Vilas se duchó gastando un bote entero de jabón
muy caro y al rato ya estaba en la Autopista de San Sebastián,
conduciendo y gritando, oliendo a jabón por todo su cuerpo
y percibiendo ese olor cada milésima de segundo, en una
consciencia ensanchada que le arañaba la piel negra,
conduciendo y gritando; a las dos horas ya estaba en S.S., y
ni siquiera entró en S.S, de repente ya estaba regresando
hacia Zaragoza, conduciendo y gritando. Pero a los treinta
kilómetros sintió el deseo de volver a ver el mar. <<El puto mar>>,
gritó Manuel Vilas, hablando siempre mal, insultándolo todo,
por culpa del odio, por culpa de El final de los tiempos
avanzando hacia nosotros. Y a los quince minutos estaba con
los pies en el agua. Y miró al cielo y dijo <<mátame si sabes, oh,
soy inmortal, oh, soy el puto Wordsworth, el del preludio>> y
Manuel Vilas rió y estuvo riendo toda la tarde hasta que
decidió volver a Zaragoza, pero no quiso regresar en el último
momento, y pensó conducir hasta Málaga, quería beberse
una botella de Málaga Virgen en algún bar del extrarradio
malagueño, pensó en las autopistas, que le llamaban (ven ven
ven hijodeputa gracioso Wordsworth ven ven te daremos un
preludio inolvidable ven ven te enseñaremos el avance
glorioso del final de los tiempos comiéndoselo todo), y ese dolor
en el corazón de repente apareció otra vez, y desde el móvil
llamó a su padre hola papá estás bien no lo sé, creo que no,
creo que no estoy bien; dónde estás, ah, estoy trabajando
mucho, ganando mucho, mucho, mucho dinero, ah, tanto
dinero, dame un poco hijo si te sobra, oh, papá, no es tan
fácil. No es tan fácil, tengo que matar a mucha gente todavía,
no digas disparates, bueno, fantasmas, matar fantasmas,
matar el gigantesco deseo que tu sangre condujo a la mía; ah,
estás como siempre, muérete. Eres un verdadero hijo de puta,
un loco, un maldito chiflado, y muerde el aire, muérdelo.
Nada me sacia. Cuelga. Cuelga. Cuelga. Nadé en ese mar
estúpido de S.S. Cúrame las heridas, aráñame pero ese mar
era una maricona, no me tocó. Manuel Vilas viaja por las
autopistas. No duerme porque ya no duerme, de modo que
se pasa diez horas al volante como una máquina, la gran
máquina de la soledad, y es feliz, rigurosamente feliz, porque
come el aire de su coche y el hierro de las vísceras de su coche,
de las vísceras de su coche; y llegó a Málaga y se fue de
Málaga, estuvo en Málaga y bebió Málaga Virgen hasta que
no pudo más, y pensó, pensó que le gustaría estar en Oporto
frente al Atlántico, quemado. Y volvió a Zaragoza, oh, y ya no
se detiene ni para comer. Ni come ni duerme. Sólo pone
gasolina. Ojos rojos contra el gasolinero. Estoy cruzando la
tierra, le dice al gasolinero. El final de los tiempos viene a por
nosotros, vuelve a decir. Estoy ardiendo. Mira qué fiebre. Esta
adoración de la vida, esto, este hierro duro en la garganta,
esta sed. Esta adoración, ponme gasolina a mí también. Y
abría la boca, una boca gigantesca.






HU-4091-L
Adiós, hermano mío, la grúa fúnebre te conduce al infierno del desguace. Majestuoso, vas hacia la destrucción subido en una grúa roja, como si fueses Luis XVI camino de la guillotina, y yo detrás. Pareces un rey. Soy el único que ha venido a tu entierro. Te he querido. Rezo por ti un padrenuestro y un avemaría. Rezo por ti y me conmuevo. Eras el mejor. Y lo que vivimos juntos, y las ciudades que pisamos, y las carreteras secundarias y los pueblos y los mares que vimos, y los párquings subterráneos y los túneles helados de las carreteras de montaña, con afiladas estalactitas a la entrada, amenazando nuestra milagrosa inocencia, y los mendigos en las avenidas, pidiendo en los semáforos en rojo, y lo que nos amamos en la oscuridad de las autopistas, fundidos en un solo ser: confundida tu carne con mi chapa. Me salvaste de la lluvia ácida y de la nieve sin ángeles. Con tu aire acondicionado, que está intacto después de doce años, impediste que me quemara vivo en los veranos españoles. Ese aire frío que me subía por la pierna, ay. Y eras blanco, porque la santidad y el amor industrial y la velocidad son blancos. Y cómo me gustaba tocarte las marchas, y cómo te ponía la quinta, eh, y qué caña te metías, narciso, que eras un narciso. Y ahora todo ha acabado. Doscientos sesenta y ocho mil kilómetros hemos estado juntos. Fuimos felices. Fuimos grandes y definitivos. Te doy un beso delante del chatarrero y de un negro que lleva un chorreante radiador en una mano. Te he amado más que a mis amantes, más que a mi perro; casi tanto, pero no tanto, eh, como al dinero. Bueno, no te enfades, tú también fuiste dinero, y aún lo eres, y yo también soy dinero. Perdona que te humille haciendo recaer sobre tu hermosa tapicería, sobre tus ruedas, manguitos y válvulas que han gloriosamente ardido, la miseria de España: el plan Prever, 400 euros sociales (¿os molesta que hable de dinero o de tan poco dinero?), para la clase media, que ama la limosna. Tú, que fuiste mi libertad, que me llevaste cerca del paraíso; tú, que me hablabas por las noches y me decías <<hermano, qué bien conduces; hermano, eres el mejor de los hombres>>.




Manuel Vilas. "Poesía Completa (1980-2015)". 2106, Visor.